La Ceuta que planta cara mientras Vox roza al PSOE en las urnas
Pocas ciudades concentran en tan pocas calles la contradicción española. En las elecciones autonómicas de Ceuta de 2023, Vox se quedó a cuatro décimas del PSOE: un 20,64% frente al 20,96%. Y aun así, cuando el partido de ultraderecha baja a la calle, se encuentra con un plantón. El 1 de agosto de 2026, alrededor de las 21:30, un grupo de vecinos increpó a Alvise Pérez y a Vito Quiles en un bar de la ciudad autónoma, a escasa distancia del lugar donde Núcleo Nacional tenía previsto manifestarse. “Aquí no queremos islamofobia”, resumieron unos y otros, antes de que corriera la versión de que el acto era una provocación.
No es la primera vez que Ceuta se convierte en escenario de esta guerra de relatos. La ciudad vive pegada a una frontera que separa dos economías, dos países y dos formas de entender la seguridad. Y esa presión hace que cada visita de dirigentes como Alvise se lea como una declaración de intenciones. Sobre todo porque la convocatoria venía de Núcleo Nacional, la plataforma vinculada a Vito Quiles que ha hecho del control fronterizo su bandera.
Los números de una ciudad partida
Los resultados autonómicos de 2023 explican por qué Ceuta no es un fortín para la ultraderecha, pero tampoco un oasis. El PP lidera con el 34,37% y 9 escaños; el PSOE saca 6; Vox muy cerca, con 5; MDyC y Ceuta Ya! completan el arco con 3 y 2 actas respectivamente.
- PP: 9 escaños (34,37%)
- PSOE: 6 (20,96%)
- Vox: 5 (20,64%)
- MDyC: 3 (11,24%)
- Ceuta Ya!: 2 (10,03%)
El dato no es una estadística fría: explica que la ciudad que planta cara a Alvise es la misma que en las urnas ha dado aire al partido de Abascal. La movilización contra el acto de Núcleo Nacional fue una respuesta en la calle, no en las cabinas electorales. Y esa diferencia importa.
El ruido de fondo: de Paiporta a la frontera
La memoria también juega. En los días previos al incidente, circularon de nuevo los audios atribuidos a dirigentes de Vox durante la DANA, en los que supuestamente se planeaba ir a Paiporta a hacerse fotos y “marcarse un Alvise” pidiendo donaciones. Aunque los audios no se han verificado por completo, calaron en la opinión pública como ejemplo de cómo la ultraderecha usa el sufrimiento ajeno para hacer campaña. Para muchos ceutíes, una visita de Alvise y Quiles era la misma estrategia: transformar el drama fronterizo en espectáculo político.
Dos relatos, un mismo polvorín
Las reacciones posteriores dividieron el mapa en dos trincheras. En una, quienes defienden el encaramiento como un ejercicio de libertad de expresión frente a un discurso que consideran de odio. En la otra, los que sostienen que el grupo no representaba a la Ceuta real y que, de hecho, podría tratarse de agitadores externos. Esa sospecha, sin pruebas, se volvió argumento de réplica para quienes prefieren pensar que el plantón fue una operación orquestada. El problema es que ambas lecturas tienen una base real en la ciudad: Ceuta convive con una parte de la población que se siente española de forma innegociable y con otra que rema a favor del relato marroquí esté o no justificado.
La pregunta queda flotando: ¿puede Ceuta ser a la vez una ciudad sin complejos y un campo de pruebas para la extrema derecha? El plantón del 1 de agosto demuestra que la tensión no se resolverá con visitas fugaces. Ni con banderas, ni con vídeos. Hace falta algo más que espectáculo para entender una frontera que parece no entenderse a sí misma.