Pilotos rusos sobrevuelan la flota de la OTAN en el Báltico a 300 pies
El 17 de noviembre de 2022, dos cazas rusos se acercaron al Grupo Marítimo Permanente 1 de la
OTAN (SNMG1) en el mar Báltico y pasaron a una altitud de 300 pies —unos 91 metros— y una distancia de 80 yardas —73 metros— del buque insignia, el HNLMS Tromp. No respondieron a las llamadas de consulta permanente de las fuerzas aliadas. La alianza publicó el parte al día siguiente, el 18 de noviembre, y lo etiquetó como «inseguro y poco profesional». Ahí empieza una discusión que lleva años sin cerrarse y que dice bastante más sobre lo que cada bando cree saber del otro que sobre el incidente en sí.
¿Qué ocurrió exactamente en el mar Báltico?
Los datos del comunicado aliado son precisos y escasos. El SNMG1 realizaba operaciones de rutina cuando los dos aviones se aproximaron. El sobrevuelo tuvo lugar en una zona de peligro conocido que estaba activada para entrenamiento de defensa aérea, lo que, según la alianza, elevó el riesgo de «errores de cálculo, errores y accidentes». La OTAN subrayó que actuó cumpliendo las normas internacionales aéreas y marítimas y que «no busca la confrontación».
La lectura opuesta aparece enseguida. En aguas internacionales el mar y el cielo son de todos: un buque de guerra navega, un avión vuela y la distancia de seguridad es una convención, no una frontera. De ahí a considerar el episodio una provocación deliberada hay un trecho que nadie recorre con pruebas. Porque no hay vídeo. Y sin vídeo cada parte dibuja su propia
película.
¿Por qué la OTAN no derribó a los cazas rusos?
La pregunta recorre toda la conversación. El argumento más repetido es técnico: una agrupación naval tiene, sobre el papel, capacidad de sobra para encuadrar y derribar dos aviones que se acercan a 80 yardas. Se citan alcances de sistemas concretos: un METEOR lanzado desde un caza a unos 150 kilómetros, el radar AEGIS de un buque operando a 300 kilómetros, un SM-2MR Block II a 200 kilómetros del barco. Sobre el papel, la pasada acaba en el fondo del mar antes de que el piloto se entere de que lo han iluminado.
Quien sostiene lo contrario apunta a la diferencia entre un ejercicio de mesa y una guerra real. Un avión de alerta temprana no opera a menos de 3.000 kilómetros de una frontera rusa en un escenario de combate abierto, y los buques tampoco. Contra un adversario sin defensa, estos sistemas funcionan; contra uno con un nivel tecnológico comparable, el cálculo se rompe. La discusión se enreda exactamente ahí, en si la pasada demuestra osadía rusa o prudencia aliada. Nadie gana.
El precedente que se cita una y otra vez: el USS Donald Cook
El episodio que reaparece en cuanto se habla de pasadas rasantes es el del destructor estadounidense USS Donald Cook en el mar Negro, al que se llegó a apodar
sitting duck. En 2014 un avión ruso lo sobrevoló y, según los relatos que circulan, la electrónica del buque se vio afectada. Dos años después, en 2016, se atribuyeron a Rusia maniobras de intimidación sobre el mismo barco, con caída de sistemas y refugio posterior en el puerto rumano de Constanța.
De aquel caso se extraen dos
moralejas incompatibles. Para unos, demuestra que Rusia juega con ventaja psicológica y que la tripulación de un buque moderno puede quedar a merced de un avión. Para otros, es la prueba de que se magnifica cualquier incidente sin consecuencias reales. La fecha del artículo que se enlaza —13 de septiembre de 2014— da una idea de cuánto tiempo llevan reciclándose los mismos argumentos.
De la pasada al apagón: cómo cambió el tono
Con el paso de los meses, la conversación se desplaza del Báltico a Ucrania. Se habla de misiles de alta velocidad contra infraestructuras energéticas, de fábricas y de escondites de armas. Según un mensaje que circula en el hilo, un colectivo de activistas digitales cortó Starlink y se menciona una fecha: el 19 de noviembre. Y se compara con otros episodios: los ocho años de Donbas, los 400.000 civiles muertos que se atribuyen a la invasión de Irak, un misil S-300 ucraniano que, según la versión de un participante, cayó en Polonia.
Ahí el debate deja de ser militar y se vuelve sobre quién tiene autoridad moral para quejarse. La respuesta es siempre la misma en ambos lados: el otro también lo hizo. El problema de ese razonamiento es que convierte cualquier incidente en una cuenta de compensaciones donde nadie tiene que demostrar nada.
Lo que sigue sin resolverse
Nadie ha demostrado que los pilotos rusos actuaran por orden expresa ni que la OTAN tuviera intención de disparar. El parte oficial habla de una interacción insegura; la otra versión habla de una maniobra de rutina en aguas y espacio aéreo internacionales. Entre esas dos frases cabe todo. El Tromp siguió navegando y los aviones volvieron a casa.