¿Casualidad o diseño? Las líneas rectas que esconden los mapas
¿Es posible que la distancia entre dos iglesias de Murcia sea exactamente el doble que la que las separa de un castillo de la misma familia? ¿Y que en Madrid tres puntos emblemáticos formen un triángulo equilátero de 3,33 kilómetros de lado? Estas son las preguntas que surgen al trazar líneas rectas sobre Google Maps y descubrir lo que muchos llaman «casualidades» demasiado perfectas.
El caso más citado es el de la capilla de los Vélez en la catedral de Murcia y la basílica de la Vera Cruz en Caravaca. Entre ambos puntos hay 65,4 kilómetros. La mitad exacta, 32,7, cae en el castillo de los Vélez en Mula, construido por la misma familia treinta años después. Una coincidencia que, para algunos, revela un plan geométrico deliberado.
En Madrid, la cosa se complica. El templo de Debod, la estatua del Ángel Caído y la sede de la CNMV en la calle Edison forman un triángulo equilátero de 3,33 km. El centro, según se argumenta, es la plaza de Colón, con su óvalo y los jardines del Descubrimiento que dibujan un compás. Añadiendo otro triángulo con la plaza de Manuel Becerra, la estatua de Luis de la Escosura y la calle Cabeza 33, se obtiene una estrella de seis puntas. Todo a 3,3 km de distancia entre vértices.
Pero la realidad es más prosaica. Como señalan los escépticos, basta con mover el puntero unos milímetros para que las cifras dejen de ser redondas. En estas escalas, un pequeño ajuste convierte los 65,4 km en 66, y la mitad en 33. Además, cualquier par de edificios puede generar una bisectriz que apunte a algo interesante. La trigonometría no es un misterio: los griegos ya la dominaban y los constructores medievales podían alinear hitos visibles con precisión.
La tendencia humana a ver patrones donde solo hay ruido es bien conocida. Pero también es cierto que algunos alineamientos, como el de la cruz del Valle de los Caídos con el monte Abantos y El Escorial, resultan llamativos. ¿Diseño intencionado o simple azar? La respuesta, como casi siempre, está en el ojo del observador. Y en la capacidad de Google Maps para hacer que cualquier punto parezca el centro del universo.