Casio vendió en 2000 el primer reloj con cámara: 120x120 píxeles y 1 MB
Dos tipos apuntan sus muñecas y, en un parpadeo de luz infrarroja, se intercambian una foto en blanco y negro. No hay cable, ni ordenador, ni nube, ni un móvil con el que hacerlo. Es el año 2000 y el Casio WQV-1, el primer reloj de pulsera con cámara digital integrada del mundo, acaba de llegar al mercado. Más de una década antes de que el smartwatch se convirtiera en categoría de producto, una empresa japonesa ya había metido la cámara donde nadie la había metido: en la muñeca.
Qué era capaz de hacer el Casio WQV-1
Las especificaciones, leídas hoy, rozan el chiste: fotos de 120x120 píxeles en blanco y negro, hasta 100 imágenes guardadas en 1 MB de memoria interna y una pantalla LCD diminuta para verlas. El chiste se desactiva al mirar la fecha. La cámara digital de consumo era entonces un trasto caro que casi nadie llevaba encima, y Casio la redujo hasta que cupo en un reloj. Dos unidades podían pasarse imágenes entre sí por infrarrojos, sin PC de por medio, y también existía conexión por cable para volcarlas a un ordenador. Se lanzó en dos versiones: resina para uso informal y metal para quien prefería disimular el juguete.
De 10.000 pesetas a pisapapeles de museo
El precio que se manejaba entonces —entre 10.000 y 12.000 pesetas, entre 60 y 72 euros— situaba el aparato en terreno de capricho más que de herramienta. Veinticinco años después no se paga mucho más por él en el mercado de segunda mano, aunque otros modelos vintage de la misma casa se han revalorizado hasta cifras que desaniman a cualquier coleccionista. La ingeniería, en cambio, aguantó el envite: hay televisiones de bolsillo Casio de 1985 que todavía encienden, con la señal reconvertida a TDT y un modulador RF de por medio. Que funcionen es una cosa; que sirvan para lo que fueron, otra. Un aparato cuya gracia era la portabilidad pierde el sentido cuando necesita un decodificador y un enchufe.
Queda la anécdota para calibrar de qué casa hablamos. Aquel mini-televisor de 1985 no tenía retroiluminación: aprovechaba la luz ambiente que entraba por una ventana trasera y obligaba al usuario a mirar un espejo angular para ver la imagen reflejada, que la pantalla emitía invertida. Los auriculares hacían de antena. Cuarenta años después, ese alarde de escasez se llama pisapapeles; el WQV-1, pieza de museo. Y el modelo que, según el relato popular, voló al espacio con Pedro Duque sigue en manos de particulares. Nadie ha vuelto a hacer tanto con tan poco. Ni parece que quiera.