Candace Owens señala a Netanyahu por los 3.000 muertos del 11S
¿Puede una comentarista de éxito sostener que un primer ministro extranjero ordenó asesinar a 3.000 compatriotas y seguir sentada en el mismo sillón mediático al día siguiente? Eso es lo que se atribuye a Candace Owens, la figura estadounidense que habría señalado a Israel —y a Netanyahu en particular— como responsable del secuestro de los aviones y de la caída de las Torres Gemelas. La acusación no viene con dossier. Ni documento, ni informe, ni testigo. Y ese es, precisamente, el problema.
Qué se atribuye exactamente a Candace Owens
El material que circula es un mensaje en redes con una captura y una frase: Netanyahu asesinó a 3.000 estadounidenses el 11S. No hay más. La mecánica del asunto, sin embargo, resulta más reveladora que el titular: la acusación no sale de un sótano, sale de una marca personal consolidada, con audiencia masiva y patrocinadores. Y llega en un momento en el que buena parte del ecosistema conservador estadounidense ha roto con la línea incondicionalmente proisraelí que defendió durante dos décadas.
El rechazo ha sido inmediato, incluso dentro de esa misma órbita. Una parte del público que hasta ayer compartía consignas con la comentarista ha pasado a calificar la salida de desvarío. La pregunta de fondo no es si la afirmación es extravagante —lo es—, sino por qué encuentra terreno abonado en un electorado que hace cinco años no habría tolerado ni el planteamiento.
El edificio 7: donde la versión oficial se queda corta
Si hay un argumento que se repite con más insistencia que ninguno es el del tercer rascacielos. En el World Trade Center 7 no impactó ningún avión ni lo alcanzó la caída de las torres gemelas. Ardió y se vino abajo en cuestión de segundos, prácticamente sobre su propia huella. El NIST, la agencia estadounidense que investigó el colapso, publicó en 2008 el resultado de tres años de trabajo: incendios en varias plantas, no controlados pero comparables a los registrados en otros edificios altos, habrían calentado vigas y soportes hasta provocar el fallo de una columna de carga y, con ella, un «evento extraordinario». Desde entonces se cita un segundo estudio, revisado por pares, que impugnaría esa reconstrucción. A día de hoy no hay una respuesta pública que cierre el intercambio, y ese silencio es, con diferencia, el argumento más sólido de quienes dudan del relato oficial.
Cuchillos de plástico, pasaportes intactos y estudios de artistas
En el capítulo de los detalles se repiten tres. El primero, las armas: antes de 2001 se podía embarcar con cuchillos de menos de cuatro pulgadas de hoja, y se cita al portavoz Ari Fleischer hablando de amenazas genéricas que contemplaban métodos «como cuchillos de plástico». De ahí nació la leyenda del arma indetectable, que mezcla una advertencia real con una exageración posterior.
El segundo, los documentos. Aparecieron pasaportes de los secuestradores entre los escombros, y se sostiene que un papel de ese tipo no sobrevive a un infierno de fuego, cristal y hormigón. La explicación técnica que se da —tratamientos antipropagantes y resistencia al agua— convive con la perplejidad de quien recuerda que las vigas de acero no aguantaron.
El tercero es casi una curiosidad de archivo: durante los cuatro años anteriores al ataque, un grupo de artistas seleccionados por el Lower Manhattan Cultural Council trabajó y durmió en plantas del World Trade Center. Se les dio acceso al edificio. El dato es cierto y poco conocido, y se usa para sostener que hubo tiempo y manos para preparar algo. La premisa sigue sin demostrar; el dato, no.
Del litigio técnico a la sospecha política
El segundo tramo del asunto es político, y explica por qué un debate sobre vigas y temperaturas acaba en un titular sobre jefes de Gobierno. La fractura con la línea proisraelí ha arrastrado a nombres que hasta hace poco eran intocables en ese ecosistema. En ese giro aparece la figura de Charlie Kirk —fallecido— y la de su viuda, Erika Kirk, sobre las que se han proyectado toda clase de lecturas. Y sobre la propia Owens ya se ha escrito lo previsible: que su visibilidad la convierte en objetivo y que un percance la silenciaría. Es el mecanismo de siempre, ahora con acento estadounidense. Cuando el argumento se agota, entra la sospecha.
Queda una acusación monumental, tres o cuatro preguntas técnicas sin cerrar y una audiencia enorme esperando la siguiente entrega. Lo único que sobra en toda la ecuación es, precisamente, la prueba.