Canales de geopolítica que no salen en la tele
Basta con ver diez minutos de un vídeo de Douglas Macgregor o John Mearsheimer para entender por qué el análisis geopolítico alternativo ha dejado de ser un nicho. Entre los que siguen la política internacional con desconfianza hacia el relato oficial, estos nombres se han convertido en referencia obligada. El juez Andrew Napolitano, el coronel retirado Douglas Macgregor, el profesor John Mearsheimer, el economista Jeffrey Sachs o el exembajador Chas Freeman forman parte de un circuito que, a finales de 2025, acumulaba decenas de horas de entrevistas y resúmenes en español.
El circuito que cuestiona a Washington
El punto de partida es casi siempre el mismo: Estados Unidos no actúa como una nación clásica, sino como un entramado de intereses oligárquicos y financieros. La guerra de Ucrania, la tensión con Irán, la deriva de Israel en Oriente Próximo y el pulso con China se analizan desde esa óptica. Mearsheimer insiste en que la hegemonía no es benevolente y que China buscará su propia doctrina Monroe en Asia. Macgregor, por su parte, repite que Washington está librando guerras sin base moral ni estratégica, con un objetivo real que no siempre coincide con el interés nacional.
El economista Richard Wolff aporta la pata económica: desindustrialización, financiarización y declive occidental frente al ascenso chino. Glenn Diesen traslada el mismo diagnóstico a Europa. Los análisis coinciden en que la clave no es militar, sino energética, y que las reservas estratégicas de crudo marcan el ritmo real de las crisis.
Ucrania e Irán: los temas que se repiten
La guerra de Ucrania ocupa un lugar central. Se comenta un posible borrador de plan de paz de 28 puntos y se analiza el papel de la agencia ucraniana NABU, que tras el escándalo de noviembre de 2024 dejó de publicar casos de corrupción después de que un alto representante de la UE se reuniera con su director. La conclusión que se repite: la política ucraniana se maneja desde fuera y los gobiernos europeos ejecutan órdenes de la OTAN.
Con Irán, el relato dominante en este circuito es el fracaso de la estrategia de “máxima presión”. Trump habría exigido la rendición incondicional de Teherán y, según estos análisis, hubo de conformarse con un memorándum que no toca el programa nuclear. La lectura escéptica es que Israel sale perjudicado y que EE.UU. pierde influencia en la región, mientras se abre un frente con Turquía tras el ataque israelí a una base siria que Ankara pensaba utilizar.
El precio de disentir: censura y credibilidad
El circuito también produce sus propios escándalos. El caso de Scott Ritter, un exanalista crítico con la guerra de Irak, centra las dudas: envuelto en un escándalo sexual y con el FBI registrando su casa por sus contactos rusos, su nombre sirve para alimentar la teoría del Estado profundo y, a la vez, para desacreditar a todo el movimiento. Hay quien sostiene que fue neutralizado para no seguir incordiando; otros recuerdan que las causas judiciales no dependen de las teorías conspirativas.
La censura de plataformas también aparece. El cierre de algún canal de análisis en YouTube ha convertido a Ivoox y Telegram en refugio de estos contenidos. No todo el que critica a Washington es fiable, y algunos analistas, como el propio Mearsheimer, reciben críticas por defender a su país mientras acusan a Europa de belicista. La desconfianza, al final, también va hacia dentro.
El dato que descoloca: el propio circuito reconoce que no sabe quién es legítimo y quién no. Recopilar datos y formular hipótesis es lo único que queda cuando el relato oficial y el alternativo se parecen más de lo que querrían admitir.