Chanclas contra deportivas: el pulso que España no sabe cerrar
Hay una escena que se repite cada verano en cualquier ciudad del sur. Treinta y cinco grados a la sombra, el asfalto ardiendo y un tipo con deportivas, calcetín invisible y pantalón largo caminando como si nada. A su lado, otro con sandalias de tiras anchas mira al primero con una mezcla de lástima y superioridad moral. El primero suda. El segundo también, pero disimula. Y así llevamos años.
El planteamiento que abrió esta discusión es tan simple como radical:
llevar calzado cerrado con 30 grados o más es de retrasados mentales, y solo se ve en España. La tesis sostiene que en la mayoría de los países, cuando el termómetro aprieta, la gente se calza sandalias, chanclas o directamente va descalza, y que aquí hemos convertido las deportivas en una especie de uniforme nacional que no distingue estación, temperatura ni sentido común. El autor del mensaje lo remata con una imagen: pies cultivando hongos como en
The Last of Us.
Por qué el calzado cerrado se impuso en España
La primera respuesta que llega desde el otro lado es la del riesgo.
El día que tengas que correr, escalar o cualquier situación de riesgo te arrepentirás de las putas chanclas, resume una de las intervenciones más votadas. No es un argumento menor: los pies sostienen el cuerpo entero, y una calle con baches, cristales o una acera rota no perdona a quien va con el pie expuesto. Hay quien lleva el razonamiento más lejos y sostiene que los pies son herramientas, no adornos, y que deben ir protegidos y cerrados.
Frente a eso, la defensa de la sandalia apela a la ergonomía. Se argumenta que la chancla es lo menos ergonómico que existe, pero también que el calzado cerrado con suela gruesa y drop elevado no es precisamente una maravilla para la planta. Un participante con fascitis plantar avisa de que el verano es la peor época del año para los pies, precisamente por el uso de sandalias y chanclas, y lo atribuye a lo que dice un podólogo, no a un cuñado de barra de bar.
El factor estético: la gente bien no enseña los dedos
Aquí el debate se parte en dos aguas que no tienen nada que ver con la temperatura. Una corriente sostiene que
la gente bien no enseña los dedos de los pies, que las sandalias elegantes mandan y que hay que evitar las chanclas de goma barata y, sobre todo, las zuecos de plástico asociadas al lumpen. Otra directamente sentencia que los hombres con chanclas fuera de la playa o la piscina deberían ser multados por contaminación visual.
El contraargumento llega con retranca: la preocupación excesiva por el decoro y el qué dirán es propia de reprimidos de armario. Y hay quien recuerda que las sandalias con punta cerrada, tipo romanas, son una opción intermedia que ya se usa en otros países y que aquí sigue levantando miradas raras. La anécdota recurrente es la del español que va a un país cálido, ve a todo el mundo en chanclas y vuelve a casa convencido de que aquí somos unos exagerados.
El mapa del calzado: quién va así y por qué
El hilo deriva en un asunto más incómodo: la asociación entre chancla y clase social. Se afirma que el chanclero es un estereotipo vinculado a determinados barrios y colectivos, y que la moda se ha extendido a españoles que antes no la usaban. La respuesta no se hace esperar:
país chancletero, país tercermundista, suelta uno, y enumera Brasil, India, Pakistán y el África negra como ejemplos. Otro responde que el calzado cerrado también lo llevan quienes trabajan al sol, y que generalizar es de necios.
El subtexto es siempre el mismo: qué dice de ti el calzado que llevas. Para unos, la deportiva con 35 grados es una señal de acomplejamiento o de curro. Para otros, la chancla es una declaración de intenciones que roza la dejadez. Y en medio, una mayoría silenciosa que se pone lo que le da la gana y no escribe en internet.
El desenlace que nadie cierra
La discusión se apaga sin acuerdo, como todas las discusiones de verano. Unos seguirán con deportivas a 38 grados, otros con sandalias de tiras, y algunos, directamente, descalzos por el campo. Lo único que queda claro es que el calzado en España es un asunto identitario de primer orden, y que nadie va a cambiar de zapatos porque se lo diga un desconocido en un foro.
El dato que descoloca no es meteorológico, sino económico: en un país donde el salario más frecuente ronda el mínimo, la elección entre una chancla de trece euros y unas deportivas de marca no es solo estética. Es presupuesto. Y eso, en un foro de economía, debería haber salido antes.