Muere Eusebio Poncela a los 79 años: adiós al actor que no bailó el agua
¿Cuántos actores españoles de su generación podían decir que no les gustaba el cine y seguir trabajando? Eusebio Poncela murió a los 79 años, según confirmaron los medios que abrieron la conversación. Fue el rostro de
Los gozos y las sombras, el Pepe Carvalho de la serie homónima, el cardenal Cisneros de
Isabel y una presencia recurrente en títulos como
Arrebato,
Matador,
Intacto o
Martín Hache. La noticia llegó con la misma velocidad con la que se disparan los obituarios y, en pocas horas, derivó en algo más incómodo: la constatación de que el cine español tiene un problema con sus propios actores.
Quién era Eusebio Poncela y por qué no era un actor de Almodóvar
La primera corrección que apareció en la conversación fue histórica. Poncela no se hizo famoso por las películas de Almodóvar, como repitieron varios obituarios apresurados. Se hizo famoso antes, con la serie
Los gozos y las sombras, basada en las novelas de Torrente Ballester, y con una carrera teatral que le venía de lejos. Almodóvar lo fichó cuando ya era conocido. El orden de los factores altera el producto, y en este caso altera la memoria colectiva.
Nacido en 1945, Poncela perteneció a una generación que hizo la transición también en los escenarios. Trabajó en
Curro Jiménez, en
Estudio 1, en teatro de primer nivel y en un cine que, en los ochenta, intentaba ser otra cosa. Su papel en
Arrebato, la película de Iván Zulueta, es hoy objeto de culto. Su Pepe Carvalho, en cambio, es recordado con cariño por quienes leyeron antes las novelas de Vázquez Montalbán: muchos le pusieron su cara al protagonista.
La subvención, el rojerío y la guerra cultural que no cesa
El segundo eje del debate fue el de siempre. Una parte de los mensajes sostuvo que Poncela representaba a un actor subvencionado y militante, más preocupado por vender ideología que por interpretar. Otros respondieron que era un profesional con oficio, formado en teatro, y que su carrera no se explica sin esa base. La discusión derivó hacia la nómina de actores que, según algunos, sí habrían renegado del discurso dominante, y hacia la pregunta de si el sector tiene un sesgo ideológico que condiciona carreras.
El consenso, si existió, fue mínimo: casi nadie negó que fuera buen actor. Lo que se discutió fue todo lo demás. Su paso por
Martín Hache, la película de Adolfo Aristarain, generó división: para unos era un papel insoportable; para otros, una muestra más de su capacidad para sostener personajes incómodos. En el fondo, la discusión no era sobre Poncela, sino sobre qué tipo de cine se financia y quién decide qué historias merecen ser contadas.
El hombre que decía que al cine le gustaba él
Poncela tenía fama de entrevistas densas y de opiniones sin filtro. Él mismo dejó caer, cuando no estaba de moda, que era bisexual. También dijo que no le gustaba el cine y que al cine le gustaba él. Y añadió que no le gustaba Zapatero. Tres frases que, juntas, dibujan a un personaje difícil de encasillar. Quienes lo trataron de cerca lo describen como un hombre culto, reflexivo, de conversación larga y sin prisa. Un encuentro casual en una barra de bar, con lluvia y poco público, se recuerda como una hora y media de charla densa y cordial.
Su físico, su voz y su presencia escénica le permitieron hacer de todo: desde el cardenal Cisneros hasta un yonki en la pantalla. Esa versatilidad, que hoy se celebra como virtud, en su época no siempre le ayudó. El cine español de los ochenta y noventa premiaba a otros perfiles. Poncela quedó en esa zona intermedia donde viven los actores que todos reconocen pero pocos idolatran.
La muerte como termómetro de la industria
La conversación derivó, como suele, hacia el estado del sector. Se recordó que la Academia no le dio el Goya que muchos consideraban merecido. Se habló de la dificultad de vivir del oficio sin adherirse a ciertos discursos. Y se comparó su generación con la anterior: Landa, López Vázquez, Fernán Gómez, Fernando Rey. El diagnóstico más repetido fue el de una decadencia que no se mide en taquilla, sino en la capacidad de generar figuras con peso propio.
Poncela murió a los 79 años. Dejó una filmografía irregular, una carrera teatral sólida y una serie de frases que le sobrevivirán. La última, la más citada, la que resume su relación con el medio: al cine le gustaba él. No era modestia. Era un ajuste de cuentas.