Detenido el «rey» del oro: 50 millones y 3.600 víctimas después
La Policía Nacional detuvo el pasado viernes en Jerez de la Frontera a Gabriel Ruiz, empresario autodenominado rey de la inversión en oro en España. La orden llegaba desde la Audiencia Nacional: 50 millones de euros evaporados y 3.600 inversores que confiaron en un hombre que prometía rentabilidades imposibles con un activo que no genera flujo de caja. Los lingotes que entregaba a sus clientes resultaron ser barras de metal pintadas de dorado.
El timo del oro que no existía
Ruiz operaba a través de una sociedad de metales preciosos que captaba ahorradores ofreciendo rentabilidades fijas del 4% anual. Básicamente, un esquema Ponzi clásico: pagaba a los primeros inversores con el dinero de los nuevos. El problema es que el oro no produce intereses por sí mismo –como señala algún analista–, así que el tinglado solo podía sostenerse mientras entrara más gente. Cuando el flujo se secó, la pirámide se desplomó. La UCO ya lo tenía localizado, pero Ruiz, según algunas fuentes, calculó mal los tiempos: no se largó a tiempo.
Algunos afectados llegaron a recibir lingotes en blíster. Quienes los abrieron descubrieron que eran simples barras de metal bañadas en dorado. “El oro se tiene que poder tocar, pesar, medir y hacer la prueba de la densidad en agua”, apunta un inversor experimentado. Pero la codicia –y la aparente respetabilidad de un empresario que había salido en televisión– nubló el juicio de miles de personas.
El perfil del estafador y sus víctimas
Gabriel Ruiz no es el primer charlatán que vende humo de colores, pero su caso tiene un punto castizo. El modus operandi recuerda al de Forum Filatélico o Afinsa, solo que cambiando sellos por oro. “Es la misma estafa de siempre con un envoltorio brillante”, resume un veterano de los mercados. Las víctimas no son solo mayores analfabetos digitales: también hay perfiles formados que cayeron por la promesa de un 4% seguro en tiempos de tipos bajos.
La pregunta que flota es por qué Ruiz no huyó a las Caimán cuando aún llevaba 10 millones. La respuesta está en la psicología del estafador: la avaricia también juega en su contra. Quiere más, alarga el juego y acaba detenido en su barrio. Resulta difícil sentir compasión por alguien que vendía lingotes falsos, pero el daño a 3.600 familias es real y, salvo milagro judicial, el dinero no volverá.
Lecciones de una estafa anunciada
Cada cierto tiempo resucita el mismo timo: sellos, bosques, obras de arte, ahora oro. La lección es repetitiva: si un activo no genera rentabilidad por sí mismo, prometer intereses es mentira. El oro es una cobertura, no una inversión que pague cupones. Quienes compran lingotes físicos saben que no les van a dar un 4% al año. Quien se lo cree es porque quiere.
El dato que descoloca: los lingotes de la Sociedad Española de Metales Preciosos de Inversión eran de metal pintado. No había ni una onza de oro real. 50 millones de euros por pintura barata. Mientras, la justicia española intentará recuperar algo, pero el historial de estas macrocausas no invita al optimismo.