Cada vez más solteras después de los 30: el desajuste que nadie quiere mirar
Cristina bromeaba con su abuela viuda: «Venga, abuela, búscate un novio». La respuesta era siempre la misma: «Uno tuve, harta quedé». Tres generaciones después, la broma se ha convertido en un fenómeno con datos: mujeres que superan la treintena y que, lejos de vivir la soltería como un fracaso, la reivindican como un estado de plenitud. El reportaje que recoge casi 80 testimonios de mujeres de entre 38 y 54 años —de Barcelona a Bogotá, de Ciudad Real a Buenos Aires— apunta a un cambio estructural: la ruptura con la idea de que una mujer solo está completa en relación a un hombre. Y detrás de esa ruptura, un mercado de la pareja que ya no cuadra.
El desajuste entre lo que buscan ellos y lo que ofrecen ellas
El demógrafo Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos, resume el problema con una frase que cuesta recordar de memoria: «Los hombres buscan mujeres que ya no existen y las mujeres, hombres que aún no existen». El diagnóstico es incómodo pero sencillo: los roles han cambiado a una velocidad que las expectativas no han seguido. Ellas se han incorporado al mercado laboral, han ganado autonomía económica y ya no aceptan relaciones que les resten. Ellos, en muchos casos, siguen buscando un modelo de pareja que la otra parte ha dejado de ofrecer.
El resultado son dos tipos de soltería elegida. Una minoritaria, la de quienes nunca han querido pareja y viven la soledad como forma de estar en el mundo, con vínculos afectivos o sexuales cuando apetece. Y otra mayoritaria: la de quienes, sin buscar activamente, han decidido que los hombres que conocen no cumplen el mínimo para convivir. No es un «no al amor». Es un «el amor es otra cosa».
«Si su bienestar implica un malestar para mí, por ahí no paso»
Los testimonios son el material más revelador. Ana, 48 años, Barcelona: «En los últimos años ya no me siento presionada y soy la mar de feliz viviendo sola. Si llegara alguien, sería estupendo; si no, no sufro». Valeria Schapira, 54, Buenos Aires: «Me casé a los 30 porque era muy vieja para estar soltera y me divorcié a los 34 porque era muy joven para estar esposada». Pilar, 38, Ciudad Real, resume el coste de la independencia: «Me han llegado a decir que soy una yegua salvaje sin domar».
La gestora cultural Cristina Consuegra, malagueña de 45 años, pone el dedo en la llaga: «Si su bienestar implica un malestar para mí, por ahí no estoy dispuesta a pasar». María García Cabrera, dueña de una librería en Valencia, añade la condición que muchas repiten: «Si aparece un señor adulto funcional, desertor de la masculinidad hegemónica tradicional y con una responsabilidad afectiva básica, genial; si no, también». La carga mental de sostener una casa y una pareja aparece una y otra vez como el factor que inclina la balanza.
La reacción: entre el alivio y el resentimiento
La conversación que genera este fenómeno tiene dos caras. Una parte sostiene que estas mujeres no son felices, sino que se autojustifican: quien necesita proclamar su felicidad a los cuatro vientos, argumentan, es porque no la tiene del todo. Otra corriente responde que el problema no es de ellas, sino de un mercado en el que los hombres no supieron adaptarse a la nueva posición femenina. Y una tercera, más pragmática, señala el dato económico: cada vez hay más hombres solteros por convicción, no por falta de opciones.
El sociólogo de fondo es el mismo que describe Esteve: el mercado matrimonial ya no funciona como un intercambio de roles complementarios. Funciona como un mercado de expectativas que no encajan. Y mientras unos celebran la libertad conquistada, otros leen en el fenómeno una señal de fractura social que no tiene vuelta atrás.
El dato que descoloca: casi 80 mujeres han querido contar sus motivos. Ninguna dice que le falte amor. Todas dicen que les sobra lo que les ofrecen.