Preparacionismo: vender la casa y huir, pero ¿adónde?
La “decisión final” ya no es un ejercicio teórico para un sector del preparacionismo español. Hay quien está dispuesto a liquidar propiedades para conseguir efectivo y salir del país antes de que el escenario empeore. El problema no es el dinero: es el destino. Y en la lista de candidatos, cada uno arrastra una pega.
Uruguay, Paraguay, Marruecos: el mapa del refugio
Uruguay aparece una y otra vez como el destino más serio: buenos índices de bienestar y desarrollo, colonias de ricos ya instaladas y estabilidad política. Paraguay, en cambio, genera sentimientos encontrados. Quien ha pisado Ciudad del Este destaca un impuesto del 10% desgravable, un Estado que no interviene si montas algo por tu cuenta y colonias japonesas y alemanas viviendo a su aire. Los críticos recuerdan los problemas endémicos de dengue y paludismo, y la ausencia de mar.
Marruecos asoma con una propuesta incómoda: con efectivo se vive bien en zonas VIP de Tánger, aunque la megafonía de las oraciones acabe cansando. Y al sur de Chile, la Patagonia aparece como el refugio climático: lagos, montañas y bosques lejos de la delincuencia de Santiago y del calor extremo que ya hace insoportable el verano en Murcia o Sevilla.
Sanidad: el corte que separa a los que se van
La discusión sanitaria marca una línea divisoria. Un testimonio concreto: una barra de acero perforó un pulmón, y solo la rápida intervención del hospital público salvó la vida. Frente a eso, hay quien sostiene que la sanidad pública es un mito, que medicaliza y genera tratamientos innecesarios; y quien responde que, público o privado, lo que importa es que exista un quirófano disponible. Para los que se plantean emigrar, este debate pesa más que cualquier índice macroeconómico.
El problema del momento: nadie sabe cuándo es tarde
La pieza más lúcida del debate es la del timing. Cuando todo el mundo se da cuenta de que hay que largarse, ya no hay forma de hacerlo. Acertar el momento exacto es pura lotería. Una salida sensata, dicen, es irse antes, asumir el coste y esperar desde el destino elegido a que pase lo que tenga que pasar. Otra opción, menos visible, es la de quien ya vive en el monte, con la casa fortificada, perros, escopeta y trampas, a quince minutos de cualquier vecino.
La decisión final se acerca, pero el análisis no cierra. Cada refugio tiene una cuenta pendiente: el calor, el dengue, la lejanía, la soledad o la incertidumbre de haber llegado demasiado pronto. En el fondo, todos saben que cuando sea evidente que hay que escapar, las fronteras ya significarán poco.