Zelenski admite el infierno del Donbass sin romper la ventaja rusa
Ucrania no está ganando esta guerra por artillería. Lo dice su propio presidente. En pleno verano,
Volodímir Zelenski reconoció que sus fuerzas siguen sin poder romper la ventaja del ejército ruso en
artillería y mano de obra, y que ese desequilibrio se nota en cada combate del Donbass, con Peski, Avdiivka y otras direcciones como puntos calientes. «Es simplemente un infierno. Ni siquiera se puede describir con palabras», resume la declaración que abre el asunto.
¿Por qué reconoce ahora Zelenski la ventaja rusa?
Porque la superioridad en volumen de fuego sigue decidiendo los combates del este, y negarlo ya no resulta creíble ni dentro de Ucrania. El reconocimiento encaja con la lógica de las últimas semanas: la artillería rusa castiga posiciones fijas, la infantería se desgasta en núcleos urbanos convertidos en ruina y cada rotación cuesta hombres que no se recuperan. Peski y Avdiivka no son nombres nuevos.
Lo llamativo es el tono. Un presidente que pide armas a la OTAN rara vez describe el frente como un infierno sin añadir que la victoria está cerca. Aquí no hay épica. Hay
desgaste, y hay una palabra que los gabinetes de comunicación suelen evitar: mano de obra.
Artillería y mano de obra: los dos ejes del desgaste
Las cifras que circulan son de parte y hay que tomarlas como tales. Se maneja la cifra de
más de 40.000 bajas rusas que volverían a casa en
formato ZIP, según el cálculo que repiten quienes apoyan a Kiev. En el otro extremo se apunta que
Rusia dispondría de 11 millones de mujeres en edad militar si necesita ampliar la movilización, según sostiene un comentario del hilo. Ninguna de las dos está verificada de forma independiente; funcionan como munición argumental.
Hay un dato que se repite como prueba de que la victoria rusa no llega:
cinco meses de guerra y la capital ucraniana sigue sin caer, según un participante. La respuesta desde el lado contrario es que las guerras se ganan en el este, no en las afueras de Kiev. Y la contrarréplica, desde el lado opuesto, es que llevan meses escuchando exactamente lo mismo.
Dos lecturas del mismo párrafo: aviso a los aliados o antesala de cesiones
La primera lectura sostiene que Zelenski no confiesa una derrota, sino que pide más. Un presidente que dice en público que no puede contrarrestar la artillería rusa estaría reclamando munición, defensa antiaérea y sistemas de largo alcance, según esta interpretación. La llegada de los
HIMARS se vendió como un punto de inflexión; las burlas sobre ese nombre sugieren que, de momento, no bastó.
La segunda lectura es más incómoda. Hay quien sostiene que este tipo de declaraciones preparan a la opinión pública para una negociación con cesión de territorios, y quien lo interpreta como una
finta para desviar la atención hacia el sur. Ninguna de las dos versiones se puede comprobar con lo que hay sobre la mesa, y ese es justamente el problema.
Jersón, la contraofensiva y el calendario
El frente sur aparece como el escenario donde se juega el relato. Frente a las expectativas maximalistas —«en 3 días llegamos a Crimea»— hay quien pide a Ucrania retirarse de Jersón y sentarse a negociar antes de que el coste humano sea insostenible. Es la misma pregunta que se repite desde el invierno: quién aguanta más y a qué precio.
La ironía sobre las predicciones fallidas va en las dos direcciones. Unos recuerdan que se anunció la toma de la capital hace meses y que la capital sigue en pie. Otros se ríen de una contraofensiva que nunca arranca. Entre tanto, el frente se mueve kilómetros, no provincias, y consume vidas a diario.
Informantes, mandos y guerra clásica
Uno de los argumentos que más se repite sostiene que la mayor ventaja rusa no es el material, sino la red de informadores que transmite en tiempo real las posiciones de mando. Con pocos oficiales veteranos, la función de comandante recae en soldados profesionales, y quien tiene los contactos sabe dónde está el objetivo antes de que se mueva, según esta tesis. Va acompañada de un elogio de la
inteligencia de toda la vida: dinero bien invertido en confidentes frente a la parafernalia tecnológica.
La objeción es simple: si fuese tan decisivo, el frente se habría movido ya. La contra objeción: se ha movido, solo que despacio.
El frente doméstico: aire acondicionado, Albariño y sanciones
La guerra también se discute en euros. Aparecen las pullas sobre quien no puede encender el aire acondicionado en verano y el precio del vino en una terraza del norte:
3,70 euros por un Albariño en Gijón, citado en el hilo como termómetro del enfado con el coste de vida, entre caravanas y turismo de agosto. Sanciones, energía y facturas se mezclan en la misma queja: quién paga esta guerra y hasta cuándo.
En ese clima gana peso la idea de que la contienda se decidirá en unas urnas ajenas —las de Estados Unidos en noviembre— más que en el Donbass. Hay quien espera un cambio de gobierno al otro lado del Atlántico para que llegue el alto el fuego y se levanten las restricciones comerciales. Y quien apunta, de pasada, que la «fuerza de China» ha bajado un poco, aunque puede que solo sea prudencia.
Con el invierno en el horizonte energético y los presupuestos occidentales tensionados, el frente del este puede quedarse quieto mucho tiempo, y cada mes de quietud es un mes de bajas.