El butanero de 1978, la contabilidad de la fuerza
Un hombre cargado con dos bombonas de butano explica la economía española de 1978 mejor que cualquier boletín estadístico. La imagen, rescatada ahora de la memoria, muestra a un repartidor subiendo dos recipientes de 26 kilos por las escaleras de un séptimo piso. La técnica exigía equilibrio: la superior apoyada en el hombro, agarrada con la mano derecha; la izquierda quedaba libre para el telefonillo o el cambio. El músculo era la única maquinaria disponible.
La logística de cargar 26 kilos
No era teatro. Quien cargaba dos bombonas llenas en 1978 necesitaba fuerza y habilidad para no deslizar el codo ni aplastarse el hombro. La válvula de la bombona superior se orientaba hacia atrás, la inferior se apoyaba en el empeine y el equilibrio se encontraba con la mano derecha. La repetición diaria convertía a aquellos hombres en atletas sin gimnasio. La cuestión económica es que ese esfuerzo tenía premio: la seguridad de comprar una vivienda y mantener a una familia con un solo salario.
De los portes al algoritmo
La misma época regalaba la felicidad sobre cuatro ruedas: un Seat 133, un R-6, un R-8 o un Ford Fiesta. Hoy el repartidor de aplicaciones sube los mismos séptimos pisos, pero con el móvil en la mano y un sistema de puntuación en el bolsillo. Los derechos laborales y la seguridad han cambiado; la espalda sigue pagando. La nostalgia que despierta la foto no es solo un ejercicio de memoria, es un mecanismo de comparación entre dos modelos económicos: uno que premiaba el esfuerzo físico con vivienda propia y otro que adecenta sus condiciones laborales pero aleja la casa del alcance del que trabaja.
Si el próximo ciclo económico vuelve a premiar la fuerza con la misma proporción de vivienda, la imagen envejecerá mal. No parece fácil que eso ocurra: la economía actual premia habilidades que no cargan bombonas, aunque también especula con lo que las cargaba. La fotografía, en cualquier caso, seguirá ahí para recordarlo.