Varg Vikernes y el debate sobre si los españoles son europeos
Un músico noruego afincado en Francia, Varg Vikernes, al que el hilo atribuye la tesis de que los españoles no se distinguen fenotípicamente de los norteafricanos. La tesis ha reabierto una disputa vieja: qué significa ser europeo y quién reparte ese carné. La respuesta no se ha quedado en el insulto fácil. Unos han contestado con coordenadas genéticas; otros, con una pregunta incómoda: por qué se concede tribuna a alguien con su historial.
Quién es Varg Vikernes y por qué vuelve a la conversación
Noruego, vinculado al entorno de la banda de black metal Mayhem. Su historial no admite matices amables: fue condenado por el asesinato de un compañero de escena y por varios incendios de iglesias, y en el intercambio se recuerda que salió de prisión alegando problemas de salud mental. Con ese currículum, hay quien duda de que merezca más atención de la que ya tiene.
Vive en Francia con su familia y, según se sostiene en el intercambio, se apoya en ayudas públicas del país que lo acoge. La paradoja se subraya con retintín:
el mismo al que se atribuye despreciar al vecino cobra del Estado que lo acoge.
¿Tienen los españoles rasgos norteafricanos?
Aquí el tono cambia y entra el instrumental técnico de aficionado. Quienes responden lo hacen con coordenadas genéticas —las llamadas g25—, con componentes ancestrales como el báltico y con la nomenclatura clásica de tipologías:
north atlantid, atlantid, atlanto-med, gracile med, beride, alpino. El problema es el listón. Si el patrón de europeidad es el rubio noruego, cualquier fenotipo mediterráneo queda fuera de la foto, y de paso media Europa.
El cálculo más generoso asume que existe una base genética europea común repartida de forma desigual. El escenario contrario sostiene que el sur peninsular arrastra siglos de mezcla y que eso se nota en la cara. Ninguna de las dos versiones se cierra en el intercambio, y ahí sigue el pulso.
¿Por qué los niños españoles son rubios y los adultos no?
La comparación más repetida no es genética, sino climática. Se argumenta que el fenotipo español se oscurece con la edad y con el sol: niños de pelo rubio o castaño claro y piel clara que, al crecer, viran a castaño oscuro. Y se contrapone ese proceso al de los menores del norte de África, que según esa misma tesis presentan una pigmentación estable desde la infancia. Es un argumento de percepción, no de laboratorio, y así se emplea.
Aparece también la tesis contraria, más retorcida: que los rubios auténticos cargan un componente asiático mucho mayor que cualquier marcador norteafricano del sur de España. La ironía hace el trabajo que no hacen los datos.
Nordicismo contra hispanismo: dos relatos que se retroalimentan
El choque no es solo con Vikernes. Hay quien acusa a los hispanistas —y a algún autor citado por ellos— de querer cortar cualquier lazo entre España y el resto de Europa, de empujar al país hacia un mestizaje de tres razas al estilo americano. La réplica es simétrica: los nordicistas serían tan acomplejados como quienes exigen pureza de laboratorio para reconocer a un vecino.
De fondo late la misma manía: medir la españolidad en milímetros de cráneo. En el intercambio se comparan tonos de piel de un político español y de un músico noruego del entorno de Mayhem, y se recuerda que el propio Vikernes ha calificado de nórdico a un dirigente del PP. Semejante criterio se sostiene mal.
Hispanidad frente a Europa: un falso dilema
Hay una línea que considera tramposo el planteamiento de fondo. Opone Hispanidad a Europa como si fueran alternativas excluyentes. Sostener que lo español es ajeno a lo europeo acaba beneficiando el mismo marco mental que se denuncia: el que convierte los genes en frontera.
La otra lectura insiste en lo contrario, en que el sur de Europa tiene una historia propia de mestizaje y que reivindicarla no es renunciar a nada. Dos relatos incompatibles con un mismo vicio: los dos necesitan al otro.
La inmigración como telón de fondo
Detrás del fenotipo aparece el asunto que de verdad mueve todo: la inmigración. Una parte sostiene que el argumento biológico se usa como coartada para justificar políticas de cierre y que esa coartada se cae sola. Otra responde que la crítica a la inmigración no necesita disfrazarse de genética y que el intercambio se pierde cuando degenera en un concurso de rasgos. Ambas posturas comparten suelo: la identidad tratada como arma política y no como dato.
¿Por qué se le da tanta importancia a un tuit?
Porque el personaje es un gancho. Lo resume una intervención con sorna:
bienvenidos al internet, donde cualquiera puede ser escuchado por cientos de personas. La misma lógica explica que el intercambio pase de la genética al espectáculo en dos mensajes.
Y como curiosidad, se pide aclaración sobre una cicatriz en el mentón del músico: hay dos versiones, un accidente de esquí en la infancia o una pelea en prisión. Nadie aporta la buena. Es el retrato de una discusión donde la biografía se usa como argumento y los datos llegan siempre tarde.
Un último detalle descoloca cualquier manual de coherencia: el mismo al que el hilo atribuye negar la europeidad a un país entero ha defendido públicamente al rapero Kanye West.