En los años sesenta se vendía un futuro con viajes interestelares, ciudades tipo Blade Runner y cura del cáncer. El 2020 real ha sido otra cosa: una economía de la atención donde el progreso más visible es gente contando su vida en redes a cambio de fama y seguidores. La distancia entre promesa y factura tiene lectura económica.
Del espacio a los vídeos de gatitos
Se esperaba contacto con civilizaciones y hay un empresario cotizando SpaceX mientras promete una base en Marte. Se esperaban urbes avanzadas y la vivienda es carísima. Se esperaba edición genética y los diagnósticos de cáncer llegan cada vez más pronto. De propina, el gran avance desde la informática es un bucle de vídeos virales y creadores de contenido.
Lo que los futuristas no vieron: la ingeniería social
El fallo no fue técnico, sino social. La educación, los valores, la pareja y el matrimonio cambiaron de raíz. La ingeniería social ha ido más lejos que los coches voladores. No hizo falta un gran hermano: bastó un algoritmo que premia el ruido.
La escapatoria individual
Hay quien sostiene que ignorar a los creadores de contenido es gratis y que la vida mejora al dejar de consumirlos. Cierto. Pero la burbuja se alimenta de la atención que millones ceden cada día. La distopía ya estaba en Regreso al futuro: no fue el apocalipsis, fue el ruido. Cambie la foto de Biff Tannen por la de Chad Sánchez y el diagnóstico se sostiene. La pregunta abierta es si la inteligencia artificial repetirá el patrón o será la primera promesa que se cumple.