Bunbury y el debate sobre la existencia de dios
A un músico curtido en escenarios se le atribuye que dios no puede no existir y, a partir de ahí, hay gente discutiendo el
teorema de incompletud de Gödel, la entropía de una cantata de Bach y la faringe degenerada de los primates. La frase, atribuida a
Enrique Bunbury, ha reabierto una discusión. No es una pelea sobre fe: es un choque entre física, biología y metafísica en el que no hay acuerdo ni siquiera en qué se está discutiendo.
El punto de partida es de manual. Hay un creador, sostiene una parte, y la creación está a la vista de todos. La réplica llega sin anestesia:
el David no es Miguel Ángel. Separar al autor de la criatura no resuelve nada, y ahí arranca el enredo.
Gödel, la moneda al aire y el problema del azar
Si el universo está «demasiado bien hecho» para ser casualidad, alguien tendrá que probarlo. Y la prueba tropieza enseguida: la matemática no puede demostrarlo todo sin salirse de sus propios límites. El
teorema de incompletud de Gödel aparece para recordar que pedir una demostración total es pedir peras al olmo. Hay quien va más allá y niega la pregunta misma: las matemáticas serían la interpretación humana del universo, una herramienta que interpreta, no que demuestra.
El azar también juega sus cartas. Se compara con lanzar una moneda: una vez sale cara o cruz, pero repetida muchas veces dibuja un patrón estable. De ahí la tesis de que
el azar acabó creando las matemáticas y que la estadística, no un plan, explica el orden. Frente a eso, la tesis del diseño: el universo está «demasiado bien atado» para ser una casualidad casualidosa.
¿Quién causó a dios? Primera causa contra universo eterno
El hueso del asunto es la regresión de causas. Se postula un ser increado, principio y fin de todo lo creado. La objeción es clásica: si dios no necesita causa, ese mismo privilegio se le concede antes al universo, candidato más austero. Si algo puede ser eterno y no causado, no hace falta multiplicar entidades. La navaja corta en las dos direcciones.
La disputa deriva en un choque lógico. Se sostiene que la creación necesita dos ingredientes, la nada y un dios, y que si uno de los dos falla no hay creación; de ahí se concluye que dios tampoco existe. La réplica acusa de igualar el ser con el no ser y de quedarse tan ancho. Lejos de zanjarse, el intercambio se enroca.
Aquí entra la física. Un análisis sostiene que el universo material
no es eterno porque las partículas aparecen y desaparecen, y porque los cambios de energía son discretos, no continuos. La continuidad existencial se rompe de forma constante, lo que exigiría una causa primera. El argumento, apoyado en el
principio de incertidumbre de Heisenberg, no cierra la disputa: la reabre.
La laringe degenerada y el diseño que no lo parece
Uno de los giros más vistosos llega desde la biología. Frente al diseño inteligente se esgrime el
antidiseño: los humanos carecen de membrana vocal y de estructuras laríngeas en forma de globo. La nuestra sería
una laringe degenerada respecto a la de los predecesores, no un añadido de precisión. Si algo tan delicado como la voz sale de una resta, el relato del relojero cuidadoso se complica.
Tampoco hay consenso. Frente a la selección natural como motor ciego aparece el
Logos Spermatikus, un marco físico, químico y energético ya «inclinado» para que ciertas cosas ocurran. La evolución sería dirección, no ruido. Y la evolución, se argumenta desde el otro lado, funciona como un algoritmo que codea soluciones, las puntúa según el entorno y las refina población tras población.
¿Se ha manifestado dios? El salto al terreno moral
De la cosmología se pasa a la historia. Un planteamiento reduce las opciones a dos: o hay un dios que no se ha manifestado con claridad, o hay un dios que lo hizo a través de Jesucristo. La evidencia histórica y teológica, se argumenta, empuja hacia la segunda. Otro matiz añade que dios
no es «católico» y que la Iglesia es una construcción humana, falible y corruptible, cuya misión sería conservar y propagar la palabra.
La moral entra de lleno. Se recuerda que sin dios no habría rastro de bondad, solidaridad ni perdón. La contraoferta llega desde la experiencia cotidiana: si algo se deja ver a diario, dicen, es el demonio.
La paradoja de Fermi y el primer filtro
El tramo final se va al espacio. Se recupera la paradoja de Fermi y el llamado
primer filtro: la posibilidad de que la vida no supere sus etapas iniciales y su desarrollo se corte por un cataclismo. El vídeo que se comparte describe lo improbable de la cadena de casualidades que permitió la vida. Para unos es la prueba de un diseño; para otros, la confirmación de que el azar, con tiempo suficiente, hace milagros.
Mientras unos discuten el primer motor y otros la entropía, la conversación acaba derivando a un relato de 1902: el caso de
Santa María Goretti, una niña de 11 años que, según la versión que se reproduce, prefirió morir antes que ceder ante su agresor de 20 años. De Gödel a la entropía y de ahí a una santa niña. Nadie cierra el argumento, y quizá sea eso lo único demostrado.