Holaluz pierde al 25% de su plantilla tras eliminar el teletrabajo: ¿reducción encubierta de plantilla?
Septiembre de 2024. Holaluz, la comercializadora de energía verde, comunicó a su plantilla una Modificación Sustancial de las Condiciones de Trabajo (MSCT) que eliminaba el teletrabajo de forma generalizada. La reacción no se hizo esperar: según fuentes internas, un 25% de los empleados manifestó su intención de abandonar la empresa. La cifra, inusualmente alta, ha disparado las sospechas de que la compañía podría estar utilizando la vuelta a la presencialidad como vía para reducir plantilla sin costes indemnizatorios.
Una estrategia para ahorrar indemnizaciones
En el análisis de la jugada, lo primero que salta es la coincidencia temporal: Holaluz arrastraba problemas financieros y su cotización en bolsa (ticker HLZ) venía desplomándose. La empresa presentó la MSCT bajo el argumento de mejorar la productividad y la cohesión, pero los plazos y la magnitud de la fuga hacen difícil creer en la casualidad. Al forzar la presencialidad sin margen de negociación, la empresa sabía que un porcentaje relevante de empleados —especialmente aquellos que se habían mudado lejos de la sede— optaría por la baja voluntaria. Y eso es exactamente lo que ocurrió.
El artículo 41 del Estatuto de los Trabajadores permite al empleado rescindir el contrato con derecho a indemnización de 20 días por año cuando la modificación es sustancial y le causa un perjuicio. Pero aquí reside la trampa: la empresa contaba con que muchos trabajadores, ante la perspectiva de litigar o de buscarse la vida en otro lado, simplemente se fueran sin pelear la indemnización. El dato del 25% sugiere que el plan funcionó, al menos en parte.
El factor vivienda: el detonante invisible
Holaluz tiene su sede en Ciutat Vella, Barcelona, una zona donde el precio del alquiler supera los 1.700 euros mensuales de media y roza los 3.000 en muchos pisos cercanos. Un empleado que durante años teletrabajó desde un pueblo a 100 km o desde otra provincia se enfrenta a la disyuntiva de mudarse a la ciudad —con el consiguiente sobrecoste— o dejar el puesto. Para muchos, la decisión está cantada.
“La empresa sabe que la vivienda es inaccesible en Barcelona y lo aprovecha para que la gente se vaya”, resumía un análisis en la discusión sobre el caso. La imposibilidad de costear un piso cerca de la oficina con un sueldo medio se convierte en un filtro laboral.
Productividad: el debate de siempre, pero con datos
El argumento oficial de Holaluz para eliminar el teletrabajo es que la presencialidad mejora la productividad y la colaboración. Sin embargo, el debate plantea una paradoja: “Si el trabajo se puede hacer perfectamente en casa en dos horas, el problema no es dónde se hace, sino cómo se mide”, señala una corriente. En la oficina también se pierde tiempo en desplazamientos, cafés, charlas y reuniones que se alargan sin necesidad. La evidencia de productividad comparable o incluso superior en remoto es abundante, pero las empresas con cultura presencialista prefieren ignorarla.
Algunos críticos van más allá: “La vuelta a la oficina es una cuestión de control, no de eficiencia. El jefe quiere verte la cara, porque si no, siente que no manda”.
¿Qué pasó después?
A la fecha de esta discusión, la MSCT seguía en vigor y el 25% de las bajas no se había materializado del todo. La empresa mantenía su postura, pero el desgaste interno era evidente. La pregunta abierta es si Holaluz conseguirá reemplazar a ese cuarto de su plantilla con talento dispuesto a trabajar presencial en Barcelona por salarios de mercado, o si la hemorragia de talento acelerará el declive de una compañía que ya arrastraba problemas bursátiles.
Lo que está claro es que jugar con el 25% de la plantilla como ficha de póker para ahorrar indemnizaciones es una partida arriesgada. Y el resultado, de momento, no pinta bien para Holaluz.