Pasividad policial en San Sebastián: las imágenes que encienden el debate sobre el modelo de seguridad
El vídeo corre como la pólvora: una patrulla de la Ertzaintanta permanece impasible dentro de su vehículo mientras un individuo, visiblemente alterado, deambula por la calzada, se sienta en el asfalto y forcejea con transeúntes en pleno centro de San Sebastián. La ola de calor que azota Euskadi –con temperaturas que superan los 35 grados– sirve de telón de fondo, pero la escena ha disparado las críticas. ¿Qué hacían los agentes mientras tanto? Nada. O casi nada: ventanillas arriba, aire acondicionado, y esperar a que el problema se disipara por sí solo.
Imágenes que hablan: la patrulla que no actuó
El debate no nace de un relato sesgado: las imágenes son explícitas. Durante varios minutos, dos agentes de la policía autonómica vasca observan desde el interior del coche patrulla cómo el hombre, al que algunos testigos describen como un forastero en situación de calle, se quita la camiseta, habla solo y se tumba en el arcén. La secuencia termina cuando el individuo se levanta, monta en una bicicleta y se marcha sin que los agentes se hayan bajado ni una sola vez del vehículo.
La pregunta es recurrente: ¿por qué no intervinieron? Las respuestas oscilan entre el cálculo profesional –«saben que si se enfrentan a alguien que no tiene nada que perder, el riesgo es alto»– y la crítica más ácida –«están preparados para multar al ciudadano que aparca mal, pero no para lidiar con perfiles al borde del colapso»–. La sensación de impunidad que transmiten estas imágenes erosiona la confianza en un cuerpo que, según datos del propio Departamento de Seguridad, recibe más de 400 denuncias al año por presuntas negligencias o abusos.
La comparación que duele: dos pesos y dos medidas
Hay quien lo resume con una frase que se repite en todos los debates: «Fuertes con el débil, débiles con el fuerte». La crítica no es nueva, pero el vídeo la revitaliza. Mientras que en el centro de Jaén ocho agentes se movilizaron para detener a una joven por robar un frasco de colonia –un caso real citado en la discusión–, en San Sebastián ni siquiera se abre la puerta del coche. La disparidad de criterios siembra dudas sobre los protocolos de actuación en función del perfil del infractor: ¿se aplica el mismo estándar cuando el delincuente potencial es un ciudadano «normal» que cuando es un forastero indocumentado o una persona sin hogar?
El argumento profesional –«un policía sabe quién prefiere estar en prisión que en la calle, y quién es insolvente; no merece la pena emplear recursos en alguien que no pagará una multa ni cumplirá condena»– tiene su lógica operativa, pero choca contra el principio de igualdad ante la ley. La percepción de que la Ertzaintza aplica un baremo distinto según la nacionalidad o la apariencia del individuo alimenta el malestar y, de paso, refuerza el discurso de quienes sostienen que la seguridad se ha convertido en un bien de primera necesidad con precios diferentes.
¿Un síntoma de algo mayor?
El debate no se detiene en una anécdota. Muchos ven en estas imágenes la punta del iceberg de una dejación de funciones sistemática que, combinada con la saturación de los servicios sociales y la desinstitucionalización psiquiátrica, deja en la calle a perfiles que nadie sabe gestionar. «Quiere que le detengan –explica un testigo–, pero si no lo hacen, acabará robando o agrediendo a alguien». La lógica perversa del sistema: para acceder a un techo, un juzgado o un psicólogo, antes hay que delinquir.
Y mientras tanto, el coche patrulla sigue allí. Fresco. Con la música puesta. Esperando a que el problema se vaya solo. ¿Hasta cuándo?