Brexit: la inmigración que prometían controlar se ha disparado
Cuando los británicos votaron salir de la UE, una de las promesas estrella era recuperar el control de las fronteras. Se hablaba de un sistema de puntos al estilo australiano que filtraría la entrada según cualificación y salario, y de aliviar la presión sobre vivienda y salarios. Siete años después, el resultado es, como mínimo, paradójico.
El espejismo del control migratorio
Los datos disponibles indican que la inmigración neta en Reino Unido no solo no se ha reducido, sino que ha alcanzado cifras récord. La diferencia es la procedencia: donde antes llegaban ciudadanos europeos –polacos, rumanos, búlgaros– ahora llegan de fuera de Europa: Nigeria, Pakistán, India. El perfil migratorio ha cambiado, pero el volumen total no ha caído. Algunos análisis apuntan a que el sistema de puntos, lejos de ser una barrera selectiva, ha servido para canalizar flujos desde países no comunitarios.
La percepción de pérdida de control sobre quién entra y quién no ha llevado a un curioso corolario: los mismos que pedían echar al fontanero polaco se encuentran ahora con una realidad migratoria distinta, pero igualmente difícil de gestionar. Como resume un conocido refrán español aplicado al caso: "Para ese viaje no hacían falta alforjas".
La volatilidad política como consecuencia
La responsabilidad de la política migratoria recae ahora íntegramente en los gobiernos británicos, sin la coartada de Bruselas. En la última década, Reino Unido ha visto desfilar entre cinco y seis primeros ministros, una rotación que refleja la incapacidad de los partidos para gestionar las promesas incumplidas. Algunos sostienen que el Brexit fue un cheque en blanco a los políticos, y que estos han demostrado no estar a la altura. Otros, más escépticos, creen que el problema no era la UE, sino la utopía de creer que una votación resolvería problemas estructurales.
La pregunta que queda abierta
Si volviesen a votar hoy, ¿ganaría de nuevo el Leave? Hay quien afirma que sí, que el deseo de soberanía sigue intacto a pesar de los resultados. Otros apuntan a que el hartazgo con la gestión posterior podría haber girado la balanza. Lo que está claro es que la desconexión entre lo que se prometió y lo que se ha conseguido es tan abismal que cuesta encontrar a alguien que defienda el resultado como un éxito incuestionable. ¿Hasta cuándo aguantará el relato?