Dos a cinco cafés al día reducen el riesgo de muerte, dice un nefrólogo
¿Cuánto café hay que tomar para vivir más? La respuesta que da el doctor Borja Quiroga, especialista en Nefrología y autor de «El reto es (no) envejecer», es tan concreta como discutible: entre dos y cinco cafés diarios. El médico sitúa esa horquilla como umbral asociado a menor mortalidad por cualquier causa, menos eventos cardiovasculares y menos demencia. La condición que pone es estricta: café natural, sin torrefacto, sin azúcar, sin edulcorante y, a ser posible, molido al momento.
El consejo llega envuelto en un decálogo más amplio —ejercicio de fuerza, siete horas de sueño, cero alcohol, nada de ultraprocesados— que Quiroga resume en una idea: el 80% de cómo envejecemos depende de los hábitos y solo el 20% de la genética. La cifra es redonda y suena a sentencia. También es el tipo de dato que conviene mirar dos veces.
Qué dice exactamente el nefrólogo sobre el café
Quiroga no habla de cafeteras de bar ni de sobres de azúcar. Insiste en que el beneficio se obtiene con
café en grano molido sobre la marcha y sin acompañamientos. El torrefacto, ese grano tostado con azúcar que domina la hostelería española, queda fuera del marco. También el descafeinado, que admite pero con «efecto más limitado».
El argumento bioquímico que despliega es doble. Por un lado, la cafeína y otros compuestos no cafeínicos actúan como antioxidantes y antiinflamatorios. Por otro, el café ayuda a eliminar fósforo, el mineral que se acumula con los ultraprocesados y que degrada el klotho, la proteína antienvejecimiento que él sitúa en el riñón. La cadena lógica es: menos fósforo, más klotho, menos envejecimiento.
Hay un matiz que el propio entrevistado reconoce: los estudios que sostienen esta relación son observacionales. No hay ensayos clínicos que obliguen a un grupo a beber cinco cafés diarios y a otro a beber agua durante veinte años. La asociación es robusta en poblaciones grandes, pero asociación no es causalidad. Ese detalle, que en la entrevista aparece de pasada, es el que sostiene buena parte de la discusión posterior.
Por qué el consejo choca con la experiencia de mucha gente
La primera objeción que aparece es fisiológica: con cinco cafés al día, dormir siete horas seguidas se convierte en una hazaña. La segunda es digestiva: el café es ácido, y quien arrastra hernia de hiato o reflujo lo paga. La tercera es renal y ósea, terreno del propio especialista: hay quien sostiene que la cafeína incrementa la eliminación de calcio por la orina y debilita el hueso con los años.
Ninguna de esas objeciones niega el dato poblacional. Lo que niegan es su universalidad. El consejo se formula para una media estadística, no para un individuo concreto. Y ahí está el problema de comunicación: un titular que dice «reduce el riesgo de muerte» se lee como una receta, no como una probabilidad.
El café como droga legal: del taller victoriano a la oficina
La lectura más incómoda del asunto es histórica. El café fue gratuitamente distribuido en las fábricas durante la Revolución Industrial porque aumentaba la productividad del obrero. Era lo único que se regalaba en la nave y no faltaba en ninguna. Desde ese ángulo, el discurso sanitario sobre sus bondades tiene un aire de coartada: se promueve lo que mantiene a la gente despierta y rindiendo.
La contraposición con el alcohol es inevitable. Quiroga es tajante con la bebida —«el alcohol mata», dice, y recuerda que un alcohólico crónico puede perder veinte años de esperanza de vida— y en cambio entusiasta con el café. La asimetría tiene base científica, pero también un componente cultural: una sustancia que se consume en el trabajo se percibe distinto que una que se consume en el bar.
El problema del café español: torrefacto y azúcar
Aquí el consenso es amplio incluso entre los escépticos. El café que se sirve en buena parte de los bares españoles es torrefacto, tostado con azúcar añadido, y a menudo se completa con dos sobres más. Ese producto no tiene nada que ver con el que aparece en los estudios. Quien lea el titular y siga tomando su café de siempre con azúcar no está aplicando el consejo: está haciendo lo contrario.
La comparación con Portugal aparece en la conversación como referencia: café más barato y de mejor calidad al otro lado de la frontera. Es una observación de experiencia, no un dato medido, pero apunta a algo real: la calidad del producto importa tanto como la dosis.
La letra pequeña: genética, dosis y quién queda fuera
El propio Quiroga admite que hay personas para las que el café no es una opción: hipertensos, gente nerviosa por naturaleza, quienes no toleran la cafeína. El consejo se emite para población general, no para todos los cuerpos. Y el 20% genético que él mismo reconoce deja margen para que alguien con hábitos impecables enferme a los sesenta y otro con carajillos diarios llegue a los noventa.
La discusión, al final, no es sobre el café. Es sobre cómo se comunica la ciencia de poblaciones como si fuera medicina personalizada. Un titular que promete menos muerte vende más que un párrafo que explica intervalos de confianza. Y eso, con o sin cafeína, sigue siendo el negocio.
Datos clave
- 2 a 5 cafés diarios: horquilla que Quiroga asocia a menor mortalidad
- 80% hábitos y 20% genética: reparto que atribuye al envejecimiento
- 13 minutos diarios de ejercicio de fuerza: cifra que vincula a cuatro años más de vida
- 7 millones de personas con enfermedad renal crónica en España, según el entrevistado
- 20 años menos de esperanza de vida en alcohólico crónico, según su afirmación