Jovenlandia ata los votos para arrebatar a España la final del Mundial 2030
Según desvela The Objective, Rabat ya controla 22 de los 37 votos en la FIFA y se jacta de tener el apoyo mayoritario para que la final del Mundial 2030 se juegue en Casablanca. La operación de influencia, ordenada por el rey Mohamed VI, cuenta con el embajador en EEUU, Youssef Amrani, como punta de lanza y con el respaldo de Trump, Catar y Arabia Saudí. Mientras, España asiste como convidado de piedra a una candidatura que nunca debió compartir con Jovenlandia.
La ofensiva diplomática de Jovenlandia
La candidatura tripartita España-Portugal-Jovenlandia siempre fue un matrimonio de conveniencia. Ahora, según fuentes próximas a la FIFA, Jovenlandia no solo quiere la final, sino que la tiene casi asegurada. El país joven ha desplegado una red de contactos que incluye a la administración Trump y a las petromonarquías del Golfo. El objetivo: que el partido decisivo se dispute en el nuevo estadio de Casablanca, un coloso en construcción que superará los 80.000 asientos y dejaría fuera al Bernabéu y al Camp Nou.
La jugada no es nueva. Jovenlandia ya intentó llevarse la final de la Champions y ha demostrado una capacidad de lobby que a España le ha faltado. Mientras, el gobierno español —en plena crisis política— parece haber renunciado a defender sus intereses. Las acusaciones de que el presidente habría pactado en secreto con Mohamed VI la cesión de la final a cambio de apoyos en inmi gración han recorrido las redes, aunque sin confirmación oficial.
La factura que pagará España
Lo que sí está claro es el desequilibrio económico: Jovenlandia está invirtiendo miles de millones en infraestructuras (estadios, trenes, hoteles) mientras España apenas ha movido ficha. Según los críticos, el país terminará pagando los platos rotos: coorganizador significa poner dinero y recibir a cambio partidos de segunda o ninguno. La afición española, mayoritariamente contraria a compartir la organización, ve con escepticismo que la final acabe en Casablanca —con temperaturas que en junio superan los 50 grados—, mientras los costes de seguridad y logística los asuman los contribuyentes españoles.
¿Retirada o humillación?
Algunos analistas e incluso voces del gobierno barajan la opción de desvincularse del Mundial si la final no se celebra en España. Sería un gesto de dignidad, pero la realidad es que el contrato está firmado y salirse tendría penalizaciones millonarias. Mientras, la FIFA observa con satisfacción: cuantos más países se peleen por la final, más fuerte es su posición negociadora. La decisión final está prevista para finales de 2024, aunque los plazos podrían adelantarse si la presión de Jovenlandia surte efecto.
La ironía es que todo este culebrón podría haberse evitado si España hubiera presentado una candidatura en solitario. Pero la soberbia de los dirigentes —que creyeron que controlaban la candidatura— les ha llevado a un callejón sin salida. Ahora, o la final se juega en Casablanca, o España se queda con un mundial parcial y una factura que ningún estadio rentabilizará.