La belleza como ventaja económica desde la infancia
La idea de que la belleza es una forma de capital circula desde hace años en economía laboral: varios estudios sitúan el «beauty premium» en el entorno del 10-15% del salario. El debate ha encontrado ahora un frente más incómodo: la cuna. Según un estudio que ha reavivado la discusión, las madres tratan mejor a sus bebés guapos. Si esto es así, la ventaja estética se activa antes de que el niño pueda siquiera gatear.
La extrapolación es directa y algo inquietante. Si la madre, que supuestamente ama sin condiciones, cae en el sesgo, qué cabe esperar de la profesora, del comité de recursos humanos o del jefe. El trato diferencial se acumula: más atención, más paciencia, más oportunidades de palabra. Poco a poco, el niño guapo va recogiendo una renta invisible que luego se materializa en mejores notas y mejores empleos.
No falta quien lo matiza. La parcialidad materna no se debe a la belleza del bebé, sino a algo más sutil: la madre proyecta en su hijo su propia valía. Decir que el bebé es feo equivaldría a admitir unos genes de baja calidad, y eso afecta a la autoestima adulta. Así que la madre no ve a un bebé perfecto: necesita verlo para mantener su propia imagen. El sesgo no sería estético, sino narcisista.
Queda además la pregunta de fondo: ¿ataja la belleza como causa o como síntoma? En los colegios, los niños guapos y de familia acomodada reciben un trato distinto, pero resulta difícil separar qué viene primero. La belleza se mezcla con el estatus socioeconómico, con la ropa, con el entorno. La evidencia sólida aún no ha logrado aislar el factor puramente estético. Mientras tanto, el debate queda en un terreno pantanoso: nadie discute que la belleza abre puertas; la cuestión es cuántas puertas más abre cuando ya están abiertas de otra manera.