Berlín plantea un servicio militar solo para hombres y deja fuera a las mujeres
El Ministerio de Defensa alemán ha puesto sobre la mesa una propuesta de servicio militar que reserva la obligación para los varones nacionales y deja fuera a las mujeres, según el material difundido sobre el asunto. La retribución que se baraja ronda los
2.600 euros mensuales, una cifra que en España apenas supera el salario mínimo y que, en el contexto alemán, se lee más como limosna que como incentivo. La paradoja es de manual: durante años se ha desmontado el patriotismo y la virilidad desde las instituciones y ahora se pide a los varones que se jueguen el tipo por un país que, según el propio relato oficial, ya no es una nación.
Un llamamiento que no cuela entre la población
El primer argumento que aparece es el de la asimetría. Se llama a filas a los nacionales varones mientras los extranjeros residentes pueden hacer las maletas cuando la frontera ya está cerrada para los locales. Hay quien recuerda que eso mismo pasó en Ucrania, donde los africanos pudieron salir cuando los ucranianos ya no. La conclusión que se repite: si la patria no existe, ¿por qué hay que morir por ella?
El segundo frente es el económico.
2.600 euros al mes suenan a poco para quien compara con el coste real de un despliegue. La ironía recurrente: que paguen la munición de su bolsillo. Y el tercero, el demográfico: hay quien sostiene que Alemania tiene más kebaps y más turcos que otra cosa, así que la lealtad que se reclama no está claro a quién se debe.
El cadáver europeo y la factura energética
La lectura geopolítica que recorre el asunto es que Washington ha usado la guerra de Ucrania para arrancarle a Alemania la energía barata y la industria, y ahora le pide carne de cañón. Europa, en ese relato, es un
cadáver que aún no se ha enterado. España se salva porque les gusta venir de vacaciones, y poco más.
Hay quien sostiene que un cuerpo expedicionario europeo se prepara para el este, y quien responde que los rusos llevan
700.000 ucranianos muertos en casi cuatro años y eso les parece poca eficiencia. La discusión deriva hacia si los bálticos son prescindibles, si Galitzia fue alguna vez rusa y si el oeste de Ucrania está demasiado intacto. Nadie cierra el asunto.
La igualdad que no llega al cuartel
El argumento más repetido contra la medida es el de la coherencia. Si se ha convertido el género en bandera y se pregona el empoderamiento femenino, ¿por qué la obligación recae solo en los varones? La respuesta que se da desde el propio debate: para que la rana no salte de la olla. Se segrega por sexo justo cuando se proclama la igualdad.
La propuesta de extender la obligación a las mujeres aparece en varios mensajes, con un matiz: no solo a las jóvenes, sino a cada político y asesor que ocupe cargo público y no haya hecho la mili. La quinta que dejó de hacerla marca la frontera.
La Cayetana, la Ayuso, la Belarra son los nombres que se lanzan como ejemplo de quienes deciden lo que otros deben cumplir.
Lo que queda por ver
El asunto sigue abierto. La propuesta está sobre la mesa y no hay fecha de entrada en vigor ni texto definitivo. Lo único claro es que la brecha entre el discurso oficial y la respuesta social se ha hecho evidente: se pide sacrificio a una población a la que se le ha dicho durante décadas que la nación es un constructo opresor. El dato que descoloca no es el sueldo. Es que alguien pensara que colaría.