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Bélgica cita a inmigrantes para regularizarlos y los expulsa en el mismo acto
La Administración belga ha puesto en marcha una maniobra que está levantando ampollas: citar a personas en situación irregular para supuestamente regularizarlas y, en el mostrador, entregarles una orden de expulsión. La jugada, reprobada por colectivos de derechos civiles, se vende como un giro de mano dura en la política migratoria europea, pero son muchos los que la leen como puro teatro.
¿Giro real o farsa calculada?
Las interpretaciones no podían ser más opuestas. Quienes apoyan la medida sostienen que Europa ha llegado a un punto límite y necesita reaccionar con firmeza ante la llegada de inmigrantes irregulares. Enfrente, una corriente escéptica asegura que es una «disidencia controlada»: una actuación diseñada para aparentar que se hace algo sin cambiar el fondo de la cuestión. El ciudadano medio, si levanta la tapa, encuentra una coreografía hecha para tranquilizar conciencias.
El efecto en España y el talento que se devuelve
La ironía no es menor: entre los citados hay ingenieros y perfiles cualificados, algo que algunos comentaristas subrayan como un regalo del que Marruecos debería mostrarse agradecido. Y el debate económico apunta a un efecto trasvase: los expulsados de Bélgica acabarán, según la lectura más pesimista, en el mercado laboral español con el empleo ya apalabrado. Mientras tanto, en España no se atisba una reacción equivalente de mano dura, lo que acrecienta la sensación de que la política migratoria europea funciona a varias velocidades.
El dato que descoloca: los mismos que aplauden la firmeza belga son los que suelen denunciar que la inmigración irregular es un problema de oferta y demanda. Si tan fácil es expulsar después de citar, ¿por qué no se hace antes? Porque, sospechan los escépticos, el objetivo nunca fue regularizar.