Bajmut: 40.000 bajas ucranianas para tomar una escombrera
Bajmut, Artemovsk en la toponimia rusa, ha quedado convertida en el símbolo más incómodo de la guerra: una ciudad arrasada por la que Ucrania asumió, según el cálculo que se maneja en el debate, más de 40.000 bajas y que hoy no vale prácticamente nada desde el punto de vista militar. La pregunta no es si cayó, sino si había algún motivo para pagar ese precio. Porque el mismo terreno que durante meses se presentó como un nudo vital de comunicaciones se describe ahora como una ruina sin valor, y las posiciones que quedaron en manos ucranianas en los flancos, campos de labor con trincheras difíciles de sostener, no mejoran el panorama de quien tenga que defenderlas.
¿Cuántas bajas costó realmente Bajmut?
Las cifras que circulan no son un recuento oficial, y conviene tratarlas como lo que son: estimaciones de parte. En el caso de
Soledar, el cálculo que se maneja habla de unas 30.000 bajas ucranianas hasta mediados de enero, de las cuales alrededor de 10.000 serían muertos. Si la escala de Soledar se repite en la ciudad vecina, otras 40.000 bajas en la defensa de Bajmut resultan una magnitud plausible según ese mismo cálculo: entre 10.000 y 15.000 fallecidos, y el resto heridos, en buena parte recuperables con el tiempo.
La cuenta global ucraniana, sumando toda la guerra, se sitúa entre 100.000 y 150.000 muertos según esas mismas estimaciones. No hay que confundir bajas con muertos: el término incluye heridos y prisioneros, y esa confusión infla o desinfla titulares según convenga al relato de cada lado. La otra objeción, la de si Rusia también pagó un precio, se responde en el hilo con el argumento de que el grueso del desgaste recayó en una estructura mercenaria y no en el ejército regular.
Wagner: 30.000 combatientes y una factura sin condecoraciones
La cifra de efectivos de
Wagner desplegados en la ciudad se ha llegado a situar en unos 30.000, cantidad que su propio responsable puso sobre la mesa, con un techo de 45.000 si se cuenta el total que ha pasado por la compañía durante el conflicto, y gente llegada de varias zonas de Asia y de África, incluidos presos reclutados en cárceles a cambio de conmutar penas. Según se sostiene en el debate, ese modelo explica dos cosas: que el ejército ruso no tuviera que mover sus unidades regulares a este eje y que la presión política sobre el ministerio de Defensa acabara siendo altísima.
Su responsable, Yevgueni Prigozhin, se quejó públicamente de que los combatientes que tomaron la parte oriental de la ciudad no recibieron las recompensas prometidas, y lo hizo con un estilo poco habitual en un conflicto moderno. Ese detalle, el de la deuda pendiente con quien se juega el tipo, se discute más que la propia geografía. Para unos retrata la precariedad del modelo mercenario; para otros es una simple disputa por presupuesto y protagonismo. La comparación cinematográfica,
Doce del patíbulo,
Los siete magníficos, apareció pronto porque el patrón resultaba reconocible: condenados a los que se ofrece la libertad a cambio de asaltar lo inasaltable.
Si Bajmut no valía nada, ¿por qué se defendió hasta el final?
La respuesta canónica durante meses fue logística: por ahí pasan vías y redes de comunicación importantes. El matiz es que casi cualquier núcleo urbano del Donbás cumple esa función, y que una ciudad reducida a escombros deja de cumplirla. Quien sostiene que la defensa fue un error señala que se enviaron batallones frescos de forma continua a un combate urbano sin civiles tras los que cubrirse, con artillería y aviación en contra, y con una única salida: aguantar sin más.
La variante rusa del argumento es que el objetivo nunca fue la ciudad, sino el desgaste del adversario en un punto concreto. Es una tesis difícil de rebatir con datos y también difícil de demostrar: mide el éxito por las pérdidas del contrario, no por el terreno conquistado. Y ahí entra el cambio de relato que se ha señalado con retintín: si Bajmut era decisiva cuando estaba a punto de caer, ¿por qué deja de serlo justo después?
La contraofensiva que quedó en un sueño lejano
Durante meses se habló de una ofensiva ucraniana imparable, de almacenes llenos y de recuperar territorio a gran escala. El resultado, según el balance que se hace ahora, han sido unas pocas trincheras ganadas a cada lado de una ciudad en ruinas. Puede que Ucrania haya perdido
arrogancia, como sostienen las lecturas más duras; o puede que simplemente haya consumido reservas en un eje donde la relación de fuego era desfavorable.
Lo que no discute casi nadie es el coste. La ciudad pasó de fortaleza a escombrera, y las posiciones que rodean el núcleo urbano están perfectamente localizadas por el adversario. Ese es el dato que descoloca: el mismo sitio que exigió decenas de miles de vidas no ofrece ahora ninguna ventaja clara a quien lo ocupa.
Los cálculos completos, con el desglose por meses y por unidades, aparecen en el hilo y en el informe que uno de los participantes enlaza, y en ellos las magnitudes cambian bastante según de dónde venga la cuenta.
¿De qué sirve tomar una ciudad si el precio que se paga por ella la convierte en irrelevante? ¿Y cuánto de lo que se llama victoria es solo la parte del desgaste que le toca asumir al otro?