Por qué el colesterol bajo se asocia a depresión y suicidio
Un equipo mexicano ha medido el colesterol de
261 pacientes con depresión mayor y lo ha comparado con el de 206 personas sanas de edad y complexión similares. El trabajo, publicado en
BMC Psychiatry, se topó con un patrón incómodo: la hipocolesterolemia —menos de
150 mg/dL en sangre— aparecía en el 38% de los deprimidos, en la mitad de los que habían intentado quitarse la vida y sólo en el 14% de los controles. Los autores excluyeron a diabéticos, a personas con síndrome metabólico y a quienes tomaban estatinas, para no ensuciar la muestra.
La hipocolesterolemia fue, en concreto, cuatro veces más frecuente en la depresión severa y cinco veces más habitual entre quienes habían intentado suicidarse. Cifras que no prueban nada por sí solas. Pero que engordan una sospecha vieja y muy repetida: que llevar el colesterol a la baja no sale gratis.
Qué papel juega el colesterol en el cerebro
El colesterol no es una grasa que flote suelta por la sangre. Es el material con el que están hechas las membranas de todas las células vivas, y el cerebro —que lo necesita más que ningún otro órgano— lo fabrica por su cuenta. No lo toma del torrente sanguíneo. Las neuronas, las células que transmiten los impulsos nerviosos, ni siquiera lo producen: dependen de los astrocitos, que se lo suministran.
De ahí la advertencia que repiten quienes siguen este asunto: si se fuerza al organismo a funcionar con muy poco colesterol, el sistema nervioso es lo primero que lo nota. La mielina, la capa que envuelve los axones y protege los cables por los que viaja la información, está compuesta en gran parte por colesterol. También es precursor de la vitamina D y de la testosterona.
La hipocolesterolemia, con ese nombre, describe un colesterol total por debajo de
150 mg/dL. Y varios estudios en las últimas décadas la han asociado a enfermedades cerebrales: depresión, Alzheimer, Parkinson y Huntington.
La serotonina y el receptor 5HT-1A
Los propios autores advierten de que sus datos no demuestran que el colesterol bajo provoque la depresión. Correlación y causalidad son cosas distintas. Ahora bien, hay un mecanismo plausible sobre la mesa: la falta de colesterol dificulta el funcionamiento del receptor de serotonina
5HT-1A.
Y una caída de serotonina en el cerebro promueve los cambios de humor. Ese es el hilo del que tira la hipótesis: menos colesterol, peor funcionamiento del receptor, menos serotonina, más riesgo de depresión y de conducta suicida. Encaja. No cierra el caso.
El umbral que llevan décadas moviendo
Una corriente muy extendida sostiene que el listón del colesterol normal se ha ido ajustando a conveniencia. Antes, tener más de
180 era tener el colesterol alto. Después el límite subió a 200. Más tarde, a 220. Con cada ajuste crecía el número de personas etiquetadas y, con él, el mercado de las estatinas, los fármacos que lo bajan.
El origen de la cruzada contra el colesterol se sitúa, según esta lectura, en el caso
Eisenhower: ante la imposibilidad de señalar a un culpable claro de los problemas de corazón del presidente, se eligió al colesterol. La industria del azúcar, se argumenta, empujó esa narrativa para quitarse el foco de encima.
De fondo late una cuestión de método. Si el umbral se mueve, la cifra que hoy llamamos patológica puede no serlo mañana.
Colesterol total, triglicéridos y glucosa: dónde está el consenso
Si algo aglutina a quienes siguen este asunto es que el colesterol total dice poco por sí solo. Lo relevante es su relación con el HDL y, sobre todo, la proporción entre triglicéridos y HDL, el llamado
índice de Castelli. Un colesterol total alto con triglicéridos bajos y HDL alto se lee como un perfil saludable.
El metabolismo de la glucosa aparece en casi todos los análisis como el verdadero punto débil. Triglicéridos bajos y HDL alto: ese es el marcador que la mayoría vigila. Hay quien muestra analíticas con el colesterol por encima de
400, triglicéridos bajos y ninguna intención de medicarse.
Qué se atribuye a las estatinas
A los fármacos que reducen el colesterol se les cuelgan efectos adversos variados: problemas renales, hepáticos, un mayor riesgo de diabetes y, en las versiones más duras, deterioro cognitivo. Se habla incluso de rabdomiólisis. Y de un
efecto rebote al dejarlas: la cifra se dispara de nuevo.
Estas afirmaciones circulan sin el mismo respaldo que el estudio sobre depresión y conviene tratarlas como lo que son: denuncias repetidas, no hechos cerrados. Un científico de la NASA,
Duane Graveline, llegó a escribir un libro sobre cómo, según su propio relato, las estatinas le afectaron a la cabeza. Su caso es un testimonio, no una prueba. La sospecha de que el colesterol bajo se asocia al cáncer también se repite, aunque este trabajo no la aborda.
El maíz, la violencia y otros saltos
La cosa se desmadra cuando del colesterol se salta a la violencia. Hay quien sostiene que un elevado consumo de maíz explicaría la violencia en Sudamérica. Es el tipo de salto que conviene separar del material serio: no hay en esta conversación ningún dato que lo respalde.
Con todo esto sobre la mesa, la pregunta sigue abierta. El estudio mexicano asocia el colesterol bajo a más depresión y a más intentos de suicidio, pero no demuestra que uno cause lo otro. Cada analítica con cifras récord y ninguna pastilla encima añade ruido, no claridad. El consenso, si existe, se limita a un puñado de obviedades: moverse, comer variado y mirar más los triglicéridos que el colesterol total.