Un rumano añora el régimen de Ceaucescu y abre debate
Un trabajador rumano que ronda los 60 años, residente en España desde hace más de dos décadas, resume su veredicto sobre el régimen de Nicolae Ceaucescu sin matices: fue lo peor que le pasó a Rumanía. La conversación, reproducida en un foro de política, ha reabierto un debate incómodo: ¿por qué una parte de la población de los países del antiguo bloque soviético mira con añoranza un sistema que otros recuerdan como una cárcel? El testimonio de este hombre, que hizo la mili durante el golpe de Estado de 1989, sostiene que el Estado le buscaba casa y trabajo al licenciarse, que nadie pasaba necesidad y que, tras la ejecución del dictador, todo se convirtió en delincuencia, drogas y paro.
La nostalgia no es un fenómeno aislado. Varios mensajes del mismo hilo recogen testimonios idénticos de búlgaros, serbios y exyugoslavos que vivieron bajo Tito. La coincidencia geográfica no es casual: un participante observa que la añoranza se concentra en los países de tradición ortodoxa —Rumanía, Serbia, Rusia, Bielorrusia—, mientras que en los de tradición católica o protestante, como los bálticos, Polonia o Eslovaquia, apenas aparece. Estos últimos, además, están más cerca del núcleo económico continental y partían de un nivel de desarrollo superior.
El relato del Estado proveedor y sus grietas
El núcleo del debate está en si aquel contrato social —casa, empleo y estabilidad a cambio de sumisión— era un paraíso o una jaula con calefacción intermitente. Quienes defienden la versión amable describen una vida previsible, con acceso garantizado a educación y sanidad, y sin la incertidumbre del mercado laboral actual.
El Estado te buscaba casa y trabajo, insisten. Y añaden un dato que consideran revelador: en el referéndum de marzo de 1991, más del 70% de los soviéticos votó por preservar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como federación renovada.
La otra cara de la moneda la aportan quienes recorrieron aquellos países en los años ochenta. Describen cortes de calefacción en pleno invierno, escasez de productos básicos, colas de horas para racionar gasolina y listas de espera de cinco años para comprar un Dacia a precio de apartamento. A esto se suma la represión política: miles de torturados y desaparecidos bajo la dictadura. El cálculo completo de lo que costaba mantener aquel sistema, desglosado partida a partida, arroja una factura que ninguno de los dos bandos discute.
¿Por qué los países ortodoxos añoran más el comunismo?
La hipótesis más repetida apunta a una combinación de factores. Primero, el choque brutal de la transición: la apertura al mercado en los años noventa destruyó el empleo industrial sin crear una red de seguridad equivalente. Segundo, la corrupción endémica que acompañó a la privatización, que concentró el poder económico en manos de una élite vinculada al antiguo aparato. Y tercero, la sensación de que el nuevo sistema no ofrecía nada a cambio de lo perdido.
Hay quien sostiene que el comunismo solo funciona con una mayoría social miserable y hambrienta, dispuesta a aceptar un trabajo de hormiga sin esperanza de prosperar y una burocracia represora que controla hasta la vida privada. En el extremo opuesto, se argumenta que el capitalismo actual es una zanahoria que el acomodado pone delante de una masa de codiciosos, y que el resto malvive entretenido en una vida de consumo escapista. Ninguna de las dos descripciones es neutral, y ambas describen algo real.
El proyecto vital como campo de batalla
El concepto que vertebra la discusión es el de proyecto vital. Para unos, tener un propósito propio —estudiar una carrera, dedicarse a la música, montar una pizzería o decidir si uno se vacuna— es precisamente lo que el sistema negaba. Para otros, el proyecto vital es un lujo que solo existe si antes hay casa y trabajo. La disputa no es económica, es antropológica: ¿qué es una vida buena?
La mayoría de la gente, apunta una intervención, no quiere hacerse millonario ni emprender aventuras con riesgo. Quiere una vida estable y previsible, formar una familia y saber que su situación no va a cambiar. Eso, durante décadas, lo ofrecía el Estado. Hoy lo ofrece, cuando lo ofrece, el mercado. Y el mercado no promete nada.
Cuba y Corea del Norte como espejo
La comparación con los regímenes que siguen en pie cierra el círculo. Se menciona el caso de Cuba, donde hay testimonios de personas que se deslomaron construyendo casas para los cargos del régimen con la promesa de que algún día tendrían la suya, y que siguen esperando. La conclusión que extraen los críticos es simple: el Estado proveedor provee primero a los suyos.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: si el sistema era tan malo, ¿por qué una mayoría lo añora? Y si era tan bueno, ¿por qué cayó sin que nadie saliera a defenderlo? Ninguna de las dos preguntas tiene respuesta cerrada, y quien dice tenerla suele estar vendiendo algo.