¿España, un país de tóxicos? La visión económica de un debate incómodo
España vuelve a ser el centro de una afirmación contundente: la de que sus ciudadanos son de los más tóxicos y aprovechados del planeta. La soltó un letrado en un programa de televisión, y la respuesta no se hizo esperar. ¿Hay algo más que un titular fácil detrás de esta visión?
La radiografía del egoísmo cotidiano
Los ejemplos esgrimidos son de andar por casa: empresas que no pagan horas extra ni respetan convenios, vecinos que envidian el éxito del otro, familias que se niegan a hablarse por dinero. Se cita también el episodio pandémico como prueba de un conformismo que rinde la libertad a cambio de un punto menos de fiebre. El argumento es que la pauta se repite: yo, yo, yo, y luego yo.
Una lectura económica
Pero hay quien sostiene que el problema no es cultural, sino de niveles. La pobreza y la desigualdad son caldo de cultivo para la envidia y el cainismo. En sociedades con más recursos, la competencia es menos feroz porque hay más con qué repartir. La conclusión incómoda: no somos tóxicos por naturaleza, sino porque el sistema premia la supervivencia del más caradura.
El circo de los medios
Se podría pensar que la declaración es solo una boutade para llenar minutos de televisión. Pero hay quien va más lejos: el egoísmo es el motor de la economía, y si mañana todos fuéramos solidarios de verdad, se caerían las subvenciones, la agenda 2030 y medio sindicato. El sistema funciona precisamente con personas que miran por sí mismas en lugar de por el bien común.
Mientras tanto, la pregunta sigue abierta. ¿Somos una sociedad especialmente tóxica o una sociedad especialmente pobre? La ironía es que todos señalan al otro como el tóxico. Y así seguimos, cada uno a lo suyo, mientras el debate alimenta las audiencias.