Sin ITV y con alcoholemia positiva: quién paga el accidente
Cuatro costillas rotas, una pierna rota, un ocupante en coma y dos invernaderos arrasados. Ese es el balance del siniestro que relata el conductor de un coche que se salió de la vía tras reventar una rueda y acabó dando varias vueltas de campana al caer por un desnivel de dos metros. El vehículo, con menos de diez años, circulaba
sin la ITV en vigor y su propietario dio positivo en la prueba de alcoholemia, según su propio testimonio. La pregunta que sobrevuela el caso no es cómo se conduce por una zona rural: es
quién paga.
El relato: reventón, salida de vía y tres heridos
Los hechos, tal como se cuentan, son sencillos de resumir y difíciles de creer. Una rueda revienta, el conductor pierde el control, el coche se lleva por delante
dos invernaderos con sus cultivos y cae por un cantón de dos metros que separa dos parcelas. Las vueltas de campana dejan al conductor con cuatro costillas rotas y dolor cervical intenso, a un acompañante con una pierna rota —y con la retirada del carnet tras dar positivo— y a un tercero en coma.
No faltan quienes dudan del relato: la ausencia de pruebas y una descripción que se parece demasiado a un guion de cine invitan al escepticismo. Da igual. El problema jurídico que plantea el episodio es real, cotidiano y perfectamente debatible, y afecta a cualquier conductor que circule con la inspección caducada.
¿Cubre el seguro un coche que circula sin ITV?
La falta de inspección no anula por sí sola la cobertura de responsabilidad civil obligatoria. Los ocupantes heridos son terceros a efectos del seguro y la aseguradora responde frente a ellos con independencia de que el vehículo tuviera la ITV vencida. Primero paga; después discute con su cliente.
Ahí es donde el asunto se complica. Si se acredita que el siniestro vino de un defecto mecánico evitable —una rueda en mal estado, por ejemplo—, la compañía puede negarse a cubrir los
daños propios y reclamar al titular lo que haya desembolsado. La formulación que más se repite lo resume sin adornos: cubre a terceros, no tus propios destrozos. El detalle fino, partida a partida, cambia según la póliza y el peritaje.
Alcoholemia positiva: carnet, juzgado y factura
El positivo en alcohol es el otro eje del caso. Al margen de la sanción administrativa, con retirada del carnet incluida, cuando hay heridos graves la vía penal entra en juego y el conductor puede acabar investigado por un delito contra la seguridad vial con resultado de lesiones. Es una imputación
presunta, pendiente de lo que determine la instrucción, no una condena.
Y las lesiones se traducen en euros. El ocupante en coma, con pronóstico reservado, genera un derecho de indemnización que se reclama habitualmente contra el seguro y, si este no cubre o no alcanza, contra el patrimonio del conductor. Hay quien sostiene que la cifra puede moverse en cinco dígitos. No es un cálculo oficial: es una estimación de conversación de barra, y conviene tomarla como tal.
La ITV que media España se salta cuando vive lejos
El episodio destapa una realidad poco discutida. En zonas rurales la inspección técnica se pasa, cuando se pasa, de cualquier manera. La explicación es siempre la misma —
poca vigilancia, coches viejos, no perder un día de trabajo— y la consecuencia también: ruedas lisas, luces fundidas y frenos al límite que se arreglan justo antes de la cita anual.
La ITV es un filtro y un recordatorio. Cuando ese filtro se salta no desaparece: se traslada a la carretera y lo paga el que viene de frente. Ahí no hay excepción rural que valga.
El miedo, la adrenalina y un tiempo que se estira
Quienes han vivido un vuelco coinciden en algo que no aparece en los partes de accidente: la percepción del tiempo se rompe. Todo pasa muy rápido y, a la vez, se hace eterno. Un relato lo describe con precisión incómoda:
«una gran sensación de indefensión y vulnerabilidad, algo existencial, en plan de que fácil se puede ir uno de este mundo en cero coma».
No es literatura. Es la descripción de cómo el cerebro procesa el impacto: el subidón de adrenalina permite reaccionar, endurecer las articulaciones y proteger la cabeza. Sirve para entender por qué un accidente se recuerda durante treinta años y por qué las secuelas psicológicas no salen en ninguna póliza.
El análisis se atasca justo aquí. Nadie sabe todavía qué decidirá la aseguradora ni qué pedirá el juzgado, y el ocupante en coma marca el límite de todo: si hay secuelas graves, la cifra se dispara, la amistad se rompe y la pregunta de quién paga deja de tener una respuesta cómoda. Sin ITV, con alcohol y con un herido que no puede hablar por sí mismo, el caso no se cierra. Se aparca.