Una posesión diabólica no tiene por qué incluir vómito verde ni cabezas giratorias. La variante que más inquieta es otra: la que se instala en el poder y se funde con el poseído. En una conversación que ha ido ganando intensidad, la teoría de las posesiones centrales y periféricas se emplea para explicar por qué el mundo funciona como funciona, y quién lo maneja desde dentro.
La taxonomía del mal: periféricas y centrales
Según esta corriente, las posesiones periféricas son las de película: espectaculares, reconocibles, casi grotescas. Las centrales, en cambio, no dan señales externas: el «bicho» y la persona comparten vida, cuerpo, pensamientos y emociones. El endemoniado puede ignorar su estado o entenderse con su inquilino, y de ese pacto cada cual saca algo. Los gobernantes y dirigentes del mundo entrarían en esta segunda categoría, y de ahí, según esta lectura, que la realidad sea lo que es.
No es una conspiración clásica con aquelarres y pentagramas: es una hibridación asumida, una posesión silenciosa que no necesita rituales. La tesis tiene la ventaja de no necesitar pruebas: el poseído central ni siquiera sabe que lo está, así que no puede desmentirlo.
De Pazuzu a Torquemada: la iconografía del miedo
Las referencias culturales orbitan alrededor de los grandes mitos del exorcismo. Pazuzu, el demonio de ‘El exorcista’, aparece como chiste y como señal. Emily Rose, cuyo caso inspiró un juicio y una película, se invoca para comparar el acoso judicial contra un particular con dos procesos abiertos. Y Tomás de Torquemada se cita como advertencia: cuando la sospecha de herejía domina, alguien acaba encendiendo la hoguera. La demonología siempre ha sido un arma política; la novedad es que ahora se utiliza contra los de arriba.
En el mismo saco cabe la droga como demonio contemporáneo: se describe cómo a chavalas sin salidas se las introduce en la adicción para manejarlas, y la cocaína aparece como una entidad que corroe narices y voluntades. No es brujería, pero el esquema es idéntico: hay un agente externo que toma el control.
Escepticismo y apocalipsis: el cierre del círculo
Frente a la teoría, está quien la despacha como dogma de fe, al mismo nivel que la astrología o las brujas. También hay quien la considera el reflejo de una sociedad desnortada, y no falta el que predice el fin: «queda poco para que se acabe este infierno», escriben. Los dos juicios citados y el número 666 completan un código simbólico donde lo religioso, lo judicial y lo político se mezclan.
Lo curioso del asunto es que nadie propone un exorcismo colectivo. Las recetas apuntadas pasan por armas, limpieza o simplemente aguantar, pero el poseído central nunca comparece. Quizá porque, como dice la propia teoría, no sabe que lo está. O quizá porque el diagnóstico lleva tantos siglos habitando el mismo cuerpo que ya es imposible distinguir al paciente del demonio.