Felipe III: el rey que aceleró la decadencia del Imperio
Felipe III heredó en 1598 un imperio agotado por las guerras de su padre, Felipe II. La pregunta no es si lo arruinó, sino cuánto aceleró su declive. La expulsión de los moriscos, decretada en 1609, fue un ejemplo perfecto: se vendió como una medida de seguridad interior, pero en la práctica supuso perder una masa laboral entera en Valencia y Aragón, con un desastre demográfico y productivo que el propio valido, el duque de Lerma, tuvo que reconocer ante los memoriales que le llovieron.
Lerma: corrupción y presupuesto
El duque de Lerma, favorito de Felipe III, es el otro gran protagonista. Se le acusa de codicioso y venal, aunque algunos historiadores defienden que mantuvo el presupuesto más equilibrado que en el reinado anterior. Pero esa «paz» era en realidad una política de cesión: se compraba la tranquilidad con mercedes y se evitaba la guerra, pero a costa de hipotecar el futuro. El problema en Flandes no era el tipo impositivo, sino que los impuestos los pagaban siempre los mismos: los pecheros, el campesino, el pañero modesto, mientras los burgueses ricos, nobles y clero gozaban de privilegios fiscales blindados.
Los Países Bajos: ¿activo o pasivo?
Hay quien sostiene que el Imperio debería haberse deshecho de los Países Bajos y el Franco Condado, vendiéndolos o regalándolos. Pero esa zona era la base logística del comercio báltico y el pie de lanzamiento para las operaciones contra la guerra del norte. Regalarlos a Austria habría dejado a los Habsburgo sin su principal fuente de financiación; vendérselos a Francia habría entregado a Luis XIII la llave de la puerta trasera de Europa. La solución, según algunos análisis, habría sido comprar la paz con los mercaderes de Amberes y Ámsterdam, que controlaban una red financiera más valiosa que el oro del Potosí.
La historia no se puede reescribir, pero si algo demuestra el reinado de Felipe III es que la decadencia no fue un acto único, sino una acumulación de decisiones. Con la perspectiva actual, la expulsión de los moriscos y la política de Lerma parecen errores de manual. Aun así, el Imperio no cayó en su reinado; se sostuvo sobre la inercia de un sistema que ya estaba herido de muerte.