Machetes, escopetas y fulminantes: el arsenal real del Mad Max español
¿Qué tienes en casa para defenderte si mañana se cae todo? La pregunta, formulada en un contexto de preparacionismo, tiene una respuesta incómoda: en España, casi nada de lo que sirve de verdad. La legislación sobre armas de fuego es tan restrictiva que la mayoría de los participantes en la discusión reconocen que, ante un escenario de colapso, estarían indefensos frente a quien sí tenga un rifle. El consuelo, dicen, es que en Estados Unidos la cosa cambia: allí hay búnkeres, víveres y armamento para aburrir. Aquí, un machete de feria y una escopeta de caza con licencia E.
Qué armas se pueden tener legalmente en España
La primera conclusión del intercambio es que la ley española deja poco margen. Se puede tener un machete, un hacha o un cuchillo sin problema, siempre que no se lleven por la calle. Un participante recuerda que le regalaron un machete negro en la feria con 13 años y que entonces nadie le puso pegas; hoy, ironiza, habrían acabado con él en el calabozo. Para las armas de fuego, la cosa se complica: la licencia E permite guiar una escopeta, y hay quien recomienda una Mossberg 500 con pistolet, que apenas mide 70 centímetros y es manejable en distancias cortas. La clave, insisten, es disparar desde la cadera, no como el que se pone el arma al hombro en las películas.
El debate deriva pronto hacia el calibre. Un defensor del .22 argumenta que es barato y fácil de manejar, pero la réplica es contundente: en un asalto a corta distancia, cinco tiros de .22 pueden no detener a un agresor, que aún tendría tiempo de hacer daño antes de desangrarse. La escopeta del 12, con el cartucho adecuado, desintegra cualquier cosa en un radio de 30 metros; si se cambia de cartucho, el alcance se estira más allá de los 100. El problema, admiten, es que en un escenario tipo Mad Max la munición escasea y las tiendas estarán saqueadas.
El problema de fabricar tu propia munición
Aquí el intercambio se vuelve técnico y, por momentos, desesperanzador. Un participante explica que se pueden fabricar perdigones derritiendo plomo y pasándolo por una lata agujereada sobre un bote de agua. Funcionó, dice. Pero el escollo real son los fulminantes: sin ellos, no hay cartucho que valga. La respuesta es que se pueden reutilizar los de pistolas de juguete, rascando con cuidado el fulminante y depositándolo en uno ya percutido, quizá con una gota de pegamento. ¿Trabajoso? Mucho. ¿Factible? Sí, sostiene quien lo plantea. Otro participante lo duda abiertamente y recuerda que ya hoy hay escasez de pistones para cartucho metálico, con esperas de 30 a 60 días en algunas tiendas.
La alternativa es la pólvora negra y las armas de avancarga, pero ahí aparece otro muro: la pólvora negra está sujeta a licencia y los fulminantes para avancarga también se compran junto a ella, con lo que el margen de maniobra se estrecha. Un participante apunta que en Francia no se exige licencia para estas cosas y que basta cruzar la frontera para surtirse, aunque advierte del riesgo si te pillan con pólvora negra en el control. Los precios, en cualquier caso, se han disparado: otro interviniente se lamenta de un disparate de precios en fulminantes y cápsulas.
Machetes, hachas y el factor humano
Más allá del armamento, el consenso es que el arma más importante es la determinación. Un participante cita a Ernst Jünger para sostener que la verdadera libertad reside en quien está dispuesto a salir con un hacha a defender su casa. La frase da pie a una reflexión sobre el autoconcepto y la revolución personal: sin ella, argumenta, no hay forma de mantenerse en pie cuando solo queden tú y tu casa. Otro participante lo resume con crudeza: cualquier arma blanca, sin entrenamiento, habilidades y determinación, solo sirve para que te la quiten y te la metan con ella.
El aspecto legal también pesa. Varios intervinientes coinciden en que, tal y como están las leyes, defender tu casa con un arma puede acabar con quien se defiende en el banquillo. Uno de ellos lo lleva al extremo: si matas a alguien en defensa propia, dice, hay que hacer desaparecer el cadáver o salir corriendo para Bielorrusia, porque el verdadero enemigo es el sistema judicial. La afirmación es una hipérbole, pero refleja una desconfianza extendida hacia la justicia que impregna toda la discusión.
El contraste con Estados Unidos
La comparación con Estados Unidos es inevitable. Un participante señala que allí hay gente preparada para un Mad Max, con víveres, armamento y búnkeres para flipar. En España, en cambio, la cultura de las armas es residual y la legislación, restrictiva. Otro interviniente matiza que en España existen deportes cinegéticos y que pocos países se comparan con Estados Unidos en cantidad y potencia de armas en manos de la población. La conclusión implícita es que, en un escenario de colapso, la ventaja estaría del lado de quien tenga acceso a armas de fuego, y en España eso es un club muy reducido.
Armas de aire comprimido y otras alternativas
En el tramo final del intercambio aparecen las armas de aire comprimido. Un participante menciona una HATSAN Striker 1000 S de 24 julios del 6.35 y una Aitact ED de 24 julios del 5.5, y cuenta que con la primera reventó un tapón de cerveza y una lata a 15 metros sin necesidad de taladro ni broca. No son armas de guerra, pero sirven para cazar pequeños animales o para disuadir. La conversación también menciona la posibilidad de cortar los cañones de una escopeta con una radial para hacer una recortada, una práctica que, advierten, es ilegal y peligrosa.
Al final, la discusión deja un retrato agridulce: machetes de feria, escopetas de caza, fulminantes de juguete y mucha determinación. El arsenal español para el fin del mundo cabe en un armario y no llega ni de lejos al de cualquier vecino del sur de Estados Unidos. La pregunta ya no es qué arma tienes, sino si serías capaz de usarla. Y eso, por mucho que se debata, no se compra en ninguna tienda.