Granado, níspero o ciprés: qué árbol no levanta el suelo
Elegir árbol para un jardín con solería o pavimento es elegir entre quedarse quieto mirando el cemento o asumir el riesgo de que un día las raíces lo agrieten. Las opciones que suenan una y otra vez en el verano de la sequía son pocas, y el granado, ese frutal mediterráneo que cabe hasta en una maceta, se lleva la palma. Tres o cuatro metros de altura si poda de vez en cuando, sol, suelo que drene y ya tiene uno granadas a finales de verano. Pero las apariencias engañan.
El granado: raíces honradas, ramas traicioneras
Lo que se repite es que el granado no ataca al subsuelo. Incluso hay un testimonio de un ejemplar que sostiene un muro que se estaba inclinando, todo un aval para los que ya tienen el seguro del hogar tocado. El problema está en la copa: las ramas pinchan, crecen como una bestia y obligan a poda constante. Quien lo tiene en una zona de paso, que se haga a la idea: tijeras cada dos por tres y buen abono en primavera si quiere fruta. Sin riego profundo semanal hasta otoño, las flores se le caen.
El níspero es el segundo en discordia. Raíces poco profundas, sombra todo el año y resistencia probada hasta los -10 ºC. A cambio, la fruta dulce atrae insectos y puede tardar años en establecerse.
Los árboles que parecen inofensivos y no lo son
La higuera es el caso paradigmático: ahí está, con sus ramas anchas, dando sombra, y de pronto se descubre que no hay manera de eliminarla. Rebrota desde la raíz, atrae avispas y el látex quema la piel. Un afectado cuenta que la tiene metida en el muro de la huerta y que ni herbicida: las cortas y vuelve. El ciruelo tampoco es trigo limpio, con sus brotes tirando raíces por doquier. Y el laurel, ese arbusto que parece inofensivo, ha levantado un suelo de hormigón de diez centímetros en quince años. La culpa, dicen, es de la presión osmótica: unas raíces buscan el sitio donde hay espacio, otras nacen para partir rocas.
Soluciones alternativas: ciprés, nogal y enanos de maceta
Si lo que se busca es una sombra sin sorpresas, el ciprés es el favorito de los que no quieren frutos: raíces verticales que se hunden en vez de expandirse, algo que en los cementerios se sabe bien. Pero tiene sus plagas y, a los cuatro o cinco metros, un vendaval puede tumbarlo. El nogal es el otro árbol-cemento: hay quien lo tiene con el suelo completamente cementado alrededor, sin una grieta, dándolo todo en sombra y frutos. Y para los que quieren fruta en serio, la jugada es el patrón enano: peral Conferencia, manzano Gala o melocotón en maceta, que dan fruto sin hipotecar el patio.
Eso sí, para encinas, robles y compañía, mejor una finca que un jardín. Sus raíces no entienden de pavimentos ni de metros cuadrados.
Al final del verano, la conclusión es tan clara como incómoda: no existe el árbol perfecto para cualquier casa. Cada jardinero tiene su propia guerra con su suelo, y no siempre gana el que planta de más.