Xi visita Moscú: Rusia paga su guerra con soberanía económica
La visita de Xi Jinping a Moscú no fue una cumbre entre iguales. Fue, según el análisis que domina la discusión, un acto de toma de posesión. Rusia entrega a China lo que Europa le compraba antes: petróleo, gas, cereales, carne, leche y el acceso a sus riquezas del norte y del este. A cambio, Xi no anuncia armas, ni respaldo diplomático explícito, ni tan siquiera la promesa de sostener el rublo. Solo una cosa: permiso para seguir con la guerra.
Ahí está el negocio.
El detalle que descoloca a propios y extraños es el material rodante. Rusia ha sacado de los almacenes del Extremo Oriente tanques T-54 y T-55, modelos cuyo primer prototipo data de 1945 y que entraron en producción en 1947, para enviarlos al frente ucraniano. Un tren cargado de chatarra blindada rumbo al oeste. La pregunta que sobrevuela el asunto no es militar, es económica: si Rusia dependiera de China para rearmarse, no necesitaría desempolvar museos.
Qué gana China con la visita de Xi a Moscú
El inventario de concesiones rusas es largo. Rusia se consolida como suministrador energético de China. Reorienta su comercio agrícola para abastecer el mercado chino. Permite que empresas chinas exploten las riquezas del norte y del este del país. Se discute el uso del yuan en el comercio mundial —algo que suena más a deseo que a realidad—, pero ni se plantea el rublo. Y las compañías chinas ocuparán el hueco que dejan las occidentales, aunque eso, admiten los más escépticos, solo se logrará a medias.
La asimetría es la clave. China tiene un mercado de 1.400 millones de personas y puede elegir entre múltiples proveedores de materias primas. Rusia solo tiene un comprador de ese tamaño. En una relación así, el precio lo pone quien tiene alternativas. Y no es Moscú.
Hay quien sostiene que Rusia simplemente ha sustituido a Europa por China en condiciones similares a las que tenía con los europeos. El contraargumento es que Europa pagaba precios de mercado con contratos a largo plazo y sin exigir soberanía. China no paga lo mismo ni pide lo mismo.
El yuan, el rublo y el comercio que no llega
La discusión sobre la moneda es reveladora. Se habla de usar el yuan en el comercio internacional entre ambos países. Del rublo, ni mención. Eso no es una anécdota monetaria: es una declaración de jerarquía. Si el rublo no aparece en la ecuación, es porque nadie fuera de Rusia lo quiere.
El detalle de las fábricas de armamento chino que se intentaron montar en Argentina y que no prosperaron añade otra capa. China también está sujeta a sanciones por su apoyo a Rusia y compra masivamente tecnología occidental. No puede permitirse el lujo de convertirse en el arsenal del Kremlin sin pagar un precio. Por eso no hay anuncio de armas.
Los tanques de la victoria y la paradoja militar
Los T-54 y T-55 sacados de los almacenes del Extremo Oriente son la imagen más elocuente del momento. Un ejército que saca carros de combate de hace más de setenta años para una guerra de alta intensidad no está ganando una carrera de desgaste: está administrando la escasez.
La paradoja es doble. Por un lado, si Rusia tiene un ejército tan temible como sostiene su propaganda, no necesita tanques de la posguerra. Por otro, si su ejército es tan débil como sostiene la propaganda occidental, ¿por qué los países bálticos y Polonia temen una invasión? La respuesta incómoda es que ambas cosas pueden ser verdad a la vez: un ejército grande, desgastado y con capacidad de causar daño, pero sin capacidad de reponer material moderno.
Europa, la gran perdedora silenciosa
El balance que emerge de la discusión es amargo para Europa. Estados Unidos se asegura el vasallaje de sus aliados europeos, cada vez más dependientes en defensa y energía. China se queda con las materias primas rusas y con un socio subordinado. Rusia pierde su capacidad de equilibrio entre bloques y su influencia en Europa. Y Europa, que tenía millones de recursos al lado de su frontera, los ve pasar a manos chinas.
La pregunta que queda sin respuesta es si Europa tenía alternativa. La tesis de que los dirigentes europeos actúan contra los intereses de sus gobernados es una corriente de opinión, no un hecho probado. Pero el resultado —una Europa más pobre, más dependiente y con una guerra en su frontera— es difícil de discutir.
El análisis se atasca en un punto: nadie sabe cuánto tiempo puede sostener Rusia esta dependencia sin convertirse en una provincia económica china. Y nadie sabe si a China le interesa que Rusia gane, pierda o empate. Solo que siga en la guerra.