Maestre sugiere que Ndongo es un primate y el choque se judicializa
La frase es corta y el destrozo, largo. En una discusión entre
Antonio Maestre y
Bertrand Ndongo, el primero dejó caer que tiene «menos fuerza que Bertran Ndongo porque es un primate». La respuesta no se hizo esperar: una cascada de mensajes pidiendo que el asunto acabe en comisaría o en el juzgado, que se grabe todo, que se suba a las redes y que se persiga cada plazo procesal hasta que alguien se pronuncie. La discusión, abierta hace más de un año, sigue sin resolución conocida.
Lo llamativo no es el insulto —ya se sabe cómo acaba este tipo de cruces— sino el giro que toma el asunto: de la bronca callejera al
paperwork judicial. Hay quien sostiene que la vía correcta es una denuncia por delito de odio, y hay quien recuerda que esa vía es gratuita y que ya se ha usado contra otros. La pregunta que sobrevuela el asunto: ¿se aplica igual para todos o solo cuando conviene?
Qué se dijo exactamente y por qué importa
El núcleo del asunto es una frase que, en el momento de escribir esto, no ha sido desmentida ni matizada públicamente por su autor. La formulación es la siguiente: Maestre habría señalado que tiene menos fuerza que Ndongo «porque es un primate». La expresión, leída en frío, es una forma de deshumanización por la vía biológica: se sitúa al otro en una categoría inferior dentro de la escala evolutiva.
El detalle técnico que se ha señalado en la discusión es que, en rigor,
todos los homo sapiens somos primates. La familia de los primates engloba a todos los mamíferos de uñas planas, desde el primer fósil conocido hasta cualquier persona viva hoy. Es decir, la frase se vuelve contra quien la pronuncia: si Ndongo es un primate, Maestre también. La ocurrencia, por tanto, no solo es ofensiva, sino biológicamente imprecisa.
Hay quien ha ido más allá y ha señalado que la comparación revela más del que la hace que del que la recibe: sugiere una obsesión con la fuerza física, con la masculinidad primitiva y con la jerarquía corporal. En ese sentido, la respuesta de Ndongo —o su ausencia de respuesta— se ha leído como una demostración de superioridad: quien no entra al trapo, gana.
La vía judicial: denuncia por delito de odio
La propuesta más repetida en la discusión es que Ndongo presente una denuncia por delito de odio. Se ha señalado que es gratuita, que no requiere abogado ni procurador en la fase inicial y que, además, genera un rastro documental que obliga a la administración de justicia a pronunciarse. El argumento es simple: si se denuncia, alguien tendrá que decidir si la frase encaja en el tipo penal.
El problema, y esto también se ha apuntado, es que la vía judicial no es rápida ni garantiza nada. Los plazos se alargan, las diligencias se archivan con frecuencia y el resultado final puede ser una multa o nada. Por eso hay quien insiste en que lo importante no es la condena, sino el
show: grabar el proceso, hacer vídeos en la puerta del juzgado, publicar cada paso en redes y mantener el asunto vivo hasta que alguien se vea obligado a mover ficha.
La estrategia tiene precedentes. En la discusión se ha recordado que otros casos similares —insultos racistas en el espacio público— han acabado en los tribunales con resultados desiguales. La sensación que queda es que la justicia actúa cuando hay presión mediática y no cuando hay una simple denuncia. Eso, dicen, es lo que hay que cambiar.
El contexto: quién es quién en este cruce
Ndongo nació en Camerún en torno a 1990, hijo de un ciudadano camerunés acomodado que trabajaba para UNICEF. Su madre se separó de su padre por la poligamia de este, y fueron los parientes quienes se hicieron cargo de su crianza, con algún periodo bajo tutela de instituciones eclesiásticas. Ya en la veintena se trasladó a España con su pareja, una misionera española, y desde entonces ha desarrollado una actividad pública vinculada a la comunicación y a la política.
Maestre, por su parte, es una figura conocida en el espacio mediático y político español. El cruce entre ambos no es nuevo: se enmarca en una serie de encontronazos públicos que han ido subiendo de tono. Lo que ha cambiado en esta ocasión es la respuesta: ya no se pide solo una rectificación, se pide una denuncia formal.
El argumento de la doble vara de medir
Una de las corrientes más repetidas en la discusión es la de la doble vara de medir. Se sostiene que cuando el insulto va en una dirección, se activan todos los mecanismos —denuncias, condenas mediáticas, campañas— y cuando va en la otra, se archiva o se minimiza. El ejemplo que se cita con más frecuencia es el de Vinicius: se recuerda que llamarle «mono» tuvo consecuencias, y se pregunta por qué en este caso no las tendría.
La comparación no es pacífica. Hay quien señala que los contextos son distintos, que la intención no es la misma y que no todo insulto es delito de odio. Pero el fondo del argumento es otro: la percepción de que el sistema judicial no aplica el mismo rasero a todos. Esa percepción, más que la frase en sí, es lo que ha hecho que el asunto escale.
Qué puede pasar ahora
A la fecha de esta discusión, no consta que se haya presentado una denuncia formal ni que exista una investigación abierta. Tampoco consta que Ndongo haya anunciado públicamente que vaya a hacerlo. El asunto, por tanto, está en el aire: puede quedarse en un cruce más o puede acabar en los tribunales.
Lo que sí se ha movido es la conversación. La frase ha servido para reabrir un debate recurrente: ¿hasta dónde llega la libertad de expresión y dónde empieza el delito de odio? ¿Se puede insultar impunemente si el insulto tiene una base biológica o racial? ¿Y quién decide qué es aceptable?
La respuesta, por ahora, no está escrita. Y eso, en un país donde los tribunales tardan años en pronunciarse, puede significar que el asunto se enfríe antes de que alguien lo resuelva. O puede significar lo contrario: que alguien lo coja con ganas y lo convierta en un caso. Depende de quién tenga más paciencia.