El desencanto de vivir en el norte de Europa: del mito nórdico al ajuste de cuentas
¿Merece la pena mudarse a Alemania? Un reguero de testimonios de españoles que pasaron años trabajando en Centroeuropa llega a una conclusión incómoda: el paraíso próspero y perfecto se agrieta en cuanto uno se sienta a su mesa. La etiqueta de «seres de luz» —término que circula con sorna en foros y sobremesas— sirve de excusa para un ajuste de cuentas que mezcla gastronomía, manías domésticas y una decepción económica cada vez más explícita.
¿Por qué los alemanes beben siempre agua con gas?
Es el primer embudo cultural. Pidas lo que pidas, te sirven agua con gas por defecto, una costumbre que descoloca a cualquiera criado con agua del grifo en la mesa. Al mismo nivel está la cerveza del tiempo. Y el colmo: pedir un Rioja en un restaurante de Berlín y recibirlo en una copa
con un cubito de hielo dentro. «Hay que vivir allí para conocerlos», resume un veterano. Son normas que no se discuten: simplemente son.
Rituales domésticos: lavar el yogur y otras costumbres
El fregadero tiene su liturgia. Se llena de agua tibia, se apilan los platos en columna, se echa el lavavajillas y se deja a remojo el tiempo que dura una canción de Rammstein,
mientras se observa el agua con atención. Llegó a haber que enjuagar los envases de yogur antes de tirarlos, costumbre que a más de uno le parecía una excentricidad ecológica. La generalización, eso sí, tiene grietas: algún descendiente directo de alemanes asegura no haber visto nada parecido en su propia familia.
Desnudos, saunas y un pudor que no existe
El concepto de intimidad viaja en sentido contrario. En gimnasios de Luxemburgo se sale desnudo de la sauna sin que nadie parpadee. Un spa nudista puede convertirse en el peor escenario posible: encontrarse sin ropa con el jefe, como le ocurrió a una española que no sabía dónde se metía. En algunos centros deportivos hay horarios nudistas de piscina. Lo doméstico, sin embargo, va por otro camino: pisos compartidos con baños unisex y cuadrantes de tareas milimétricos para bajar la basura.
La cultura del manual: por qué no improvisan
Quien los trata a diario en el trabajo describe un patrón: cuando aparece un imprevisto, su plan más sofisticado es empezar a dar vueltas sin salirse del guion. Incapaces, dicen, de idear una solución no documentada. Obedecen rutinas sin preguntarse si hay una vía mejor. Esa rigidez explica, para algunos, episodios históricos enteros. Otros la enmarcan como simple apego al procedimiento.
Alemania ya no es la potencia industrial que era
Aquí el diagnóstico es duro. La industria germana se sostuvo sobre energía rusa barata y tutela estadounidense; cortado ese grifo, se desindustrializa a ritmo récord. «Son el teckel de los yanquis», sentencia uno de los veteranos del capital español. Se apunta también al giro verde y a las políticas identitarias como lastre propio. El país, sostienen, vive de inercias pasadas mientras su modelo de inversión pública se parece cada vez más al español.
Alquiler de por vida y las grietas del modelo social
El retrato social se agría. Se describe a jubilados que han vivido de alquiler toda la vida y que no dejarán patrimonio a sus hijos. Hay quien lleva
doce años fuera y afirma arrepentirse cada día de haber salido de España: el ocio se reduce al alcohol, al cotilleo y a contar los días para las siguientes vacaciones. El reclutamiento de mano de obra temporal para almacenes y cadenas logísticas genera tensiones crecientes en Países Bajos, según quienes trabajan allí.
Del buenismo al auge de la derecha: el giro político
El escenario político ha mutado. El complejo de culpa por la Segunda Guerra Mundial no ha frenado el ascenso electoral de la ultraderecha en Alemania, donde el este del país se ha convertido en su feudo. En Países Bajos gobierna la derecha radical; en Bélgica y Suecia ganan terreno; en Reino Unido y Francia crecen opciones nacionalistas. La presión migratoria y el desgaste del relato progre están empujando la misma olla en media Europa.
Puede que los «seres de luz» sigan siendo buena gente —muchos veteranos conservan amigos allí—. Pero el relato de la Arcadia nórdica hace tiempo que no cuadra con la nómina, el termostato y el cuenco de yogur lavado en el fregadero.