Tacupay
Madmaxista
Siempre se ha dicho que…
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Nicolás Maduro no encaja en el manual clásico del dictador que ilegaliza partidos o prohíbe libertades individuales, pero su mandato acumula rasgos que la ciencia política sí asocia a la autocracia: un órgano electoral sin contrapesos, más de 1.500 sanciones internacionales y un éxodo de varios millones de personas entre 2017 y 2019.
La pregunta de si Nicolás Maduro fue un dictador suele resolverse con adjetivos y no con hechos. Conviene bajar al detalle: qué hizo y qué no hizo el chavismo entre 2013 y 2025, con cifras y fechas. Porque hay elementos que no encajan en el prototipo del tirano de manual y otros que sí.
En Venezuela no se ilegalizó ningún partido político durante los años de Maduro. Operaron más de 50 partidos, y la oposición concurrió a elecciones de alcaldes, gobernadores y diputados. Tampoco se prohibió la homosexualidad, a diferencia de varios países de Oriente Medio, y activistas europeos del colectivo LGTB trabajaron en el país sin restricciones legales. Son datos que rompen la imagen del régimen que cierra sedes y encarcela por orientación sexual.
Ahora bien, el punto débil del argumento está en quién cuenta los votos. El Consejo Nacional Electoral (CNE) es el único órgano legal habilitado para adjudicar cargos de elección popular, y cualquier conteo paralelo se considera usurpación de funciones. La oposición que participa acepta esa regla. Eso no es un fraude probado, pero sí un diseño institucional donde el árbitro no tiene contrapeso. Y ahí el debate se vuelve gris: el fraude electoral no está demostrado, tampoco descartado.
Hay un precedente que se cita a menudo: George Bush llegó a la presidencia de EE. UU. en 2000 tras un recuento disputado en Florida. No fue un fraude, pero sirve para recordar que los sistemas electorales imperfectos no convierten automáticamente a un gobernante en dictador.
Los dictadores clásicos dejan matanzas de decenas de miles. Franco acumuló «varias decenas de miles» de muertos, según las estimaciones habituales; en Chile, tras el golpe de 1973, se habla de «varios miles». En Venezuela, las muertes en protestas callejeras entre 2013 y 2025 se estiman en torno a 300, en su mayoría en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y en actos de vandalismo, bloqueo de vías y destrucción de propiedad.
Las organizaciones de derechos humanos hablan de «miles de ejecuciones extrajudiciales» entre 2013 y 2025, especialmente entre 2013 y 2021. Aquí la discusión es semántica y política: el gobierno sostiene que esos muertos eran miembros de bandas armadas abatidos en procedimientos policiales legítimos, no ejecutados. La diferencia entre «abatido en un enfrentamiento» y «ejecución extrajudicial» es precisamente lo que investigan los organismos internacionales, y no está resuelta.
El contexto geográfico pesa. Venezuela comparte frontera con Colombia y Brasil, con tráfico de armas ilegales y grupos armados operando en la zona. La mano dura contra la criminalidad coincidió, según el gobierno, con los niveles de violencia más bajos en 40 años. Comparar con Israel, que ha causado más de 140.000 muertos, tampoco aclara nada: son escalas y conflictos distintos.
La crisis económica venezolana se agravó entre 2017 y 2019. Hubo factores internos: una economía rentista del petróleo y controles de cambio excesivos. Pero esos controles ya existían antes de Maduro, que de hecho liberalizó parte del control de divisas. Y sobre todo, pesaron los factores externos.
EE. UU., Canadá, la Unión Europea, Reino Unido y Suiza aplicaron más de 1.500 sanciones. Se estima que se congelaron al país más de 30.000 millones de dólares en activos de distinto tipo. El objetivo declarado de muchas de esas medidas era aumentar el descontento interno para provocar un colapso del gobierno. No ocurrió.
La diáspora tiene otra lectura. En Venezuela no se restringe la salida ni la entrada de ciudadanos: hay libertad de movimiento. Varios millones decidieron emigrar por voluntad propia, primero a Chile, Colombia y Perú, y después a EE. UU. y la UE. Es un patrón regional normal: El Salvador tiene más del 35% de su población fuera, hay 40 millones de mexicanos fuera de México y 1 millón de colombianos en España. Dicho esto, sin las sanciones probablemente no habría habido diáspora de esa magnitud. Las dos cosas son ciertas a la vez.
El balance no encaja en el prototipo clásico. No ilegalizó partidos, no prohibió libertades individuales, no ejecutó una matanza a gran escala y el fraude electoral no está probado. Pero concentró el poder en un árbitro electoral sin contrapesos, gobernó doce años con más de 1.500 sanciones encima y una crisis que empujó a millones a marcharse.
La conclusión honesta es que la etiqueta depende de la definición que se use. Si dictador es quien ilegaliza partidos y prohíbe libertades, Maduro no lo fue. Si dictador es quien controla el organismo que adjudica las elecciones y se perpetúa en el poder, el debate sigue abierto. Cualquier análisis serio debería separar los hechos verificables de las etiquetas políticas, y conviene contrastar las cifras con informes independientes antes de darlas por buenas.
Siempre se ha dicho que…