Solidario García
Madmaxista
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Amigas en la oficina, un salvavidas para no ahogarse en la rutina laboral contemporánea
Una oficina puede convertirse o no en un “no lugar” ―término con el que el antropólogo francés Marc Augé denomina a los sitios sin identidad― en función de las personas que hay dentro. Si surge la amistad, esta puede ser la boya en medio del mar que todo trabajador necesita
En 1980, unas jóvenes Jane Fonda, Lily Tomlin y Dolly Parton interpretaban en Nine to Five (Coling Higgins) a tres empleadas de una empresa que soportan a diario las actitudes hombrista de su déspota y autoritario jefe. Tras un accidente que casi le cuesta la vida a dicho supervisor, se alían para trazar un plan y salir airosas de esta situación que, de hecho, termina jugando a su favor: durante su ausencia, ponen en marcha una serie de propuestas pogre que mejoran las condiciones de sus compañeras y, cuando su jefe se reincorpora, se entera de que dichas medidas obtienen el reconocimiento del propio CEO por sus buenos resultados, lo que le obliga a, por fin, respetarlas.
La película, que estuvo nominada a los Oscar, es un clásico de las comedias de oficina, pero además trata un tema con menor representación: la sororidad entre mujeres en el entorno laboral y, sobre todo, lo especiales que son las amistades que se hacen en este contexto. Las protagonistas funcionan como una metáfora de la importancia de la camaradería en los espacios de trabajo, donde se pueden llegar a dar situaciones surrealistas ―e incluso tóxicas― que solo las compañeras pueden entender. Para la la psicóloga y neurocientífica Mar Ricart “las amigas de la oficina hacen que la experiencia laboral se viva de forma compartida, algo que no puede comprender quien no lo vive in situ”.
A pesar de que tal vez no se hayan forjado hace tanto tiempo, las amistades en el trabajo se crean a partir de la convivencia en un entorno exigente que, en muchos casos, conduce a un alto grado de agotamiento e incomodidad para muchos trabajadores. Esto conduce a que muchas veces sean percibidas como una boya a la que agarrarse en medio del mar.
Según el informe de UGT Salud Mental y Trabajo publicado en 2025, entre un 37 % y un 46% de los trabajadores en España reporta estrés, depresión o ansiedad vinculados al empleo. Por otra parte, la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo concluía en la encuesta OSH Pulse 2025 centrada en la salud mental en este ámbito que alrededor del 65% de los trabajadores sufrió problemas de salud causados o empeorados por el trabajo en los últimos 12 meses y, concretamente, un 29% pareció estrés, depresión o ansiedad causados o empeorados por su empleo.
Además, estas consecuencias pueden agravarse por el clima de competitividad que algunas empresas fomentan entre los empleados que, en palabras de Beatriz Serrano, periodista y autora de El descontento, una novela que funciona como un retrato del hastío generacional en el entorno laboral como consecuencia de haber sacrificado mucho ―y continuar esforzándose cada día― para vivir un presente insatisfactorio, se puede llegar a traducir en una deshumanización que percibe al otro simplemente como a un rival: “Cuando es necesario apagar el botón de la empatía, las amigas, en este contexto hostil, pueden ser un salvavidas”.
Por otra parte, entre descansos, días regulares y días malos, entregas ajustadas y salarios insuficientes, la vida pasa. Y, con ella, todo lo demás: alegrías compartidas con los vínculos cercanos, embarazos, viajes, mudanzas, buenas noticias, enamoramientos, días perfectos. Pero también rupturas, enfermedades, decepciones, problemas económicos y decisiones difíciles, por lo que puede ser reconfortante tener cerca a alguien de confianza con quien charlar sobre todas estas cuestiones que nada tienen que ver con los proyectos de la empresa ni las tareas pendientes: “En los trabajos, somos una generación estancada en puestos de recién llegados, dejándonos siempre a las puertas de la vida adulta, pero sin llegar a pasar del descansillo. Fuera, el precio de la vivienda, el encarecimiento de la cesta de la compra, la expulsión de los vecinos y la ausencia de comunidad o de red sobre la que caer generan una sensación cada vez más real de aislamiento”, reflexiona Beatriz Serrano. De hecho, según la autora, cuando escribía la novela pensaba en una persona que se ajustaba a la idea de lo que culturalmente se entiende por “haber hecho todo bien” y, sin embargo, se levantaba con un enorme desasosiego y una pregunta en la cabeza: “¿La vida va a ser siempre esto?”
Frente a este agotamiento, las amigas de la oficina pueden ser esa chispa que enciende la llama de una misma en medio de una rutina que llega incluso a desconectar de las necesidades, aficiones y esencia propias. Un salvavidas al que agarrarse para no ahogarse en las rutinas contemporáneas, que sitúan el trabajo en el centro de la vida: se han de recorrer grandes distancias del hogar al empleo, pasar numerosas horas dentro de la oficina y destinar las migajas de tiempo restantes a prepararse un tupper rápido, económico y saludable que se ha visto en un vídeo de Instagram. Como consecuencia, se corre el riesgo de entrar a formar parte de un grupo de personas que pasean solas durante el día entre espacios a los que el antropólogo francés Marc Augé denomina “no lugares” ―escaleras mecánicas, pasillos de metro, supermercados y sitios de paso sin identidad propia―.
Una oficina, probablemente, se acaba convirtiendo o no en un no lugar en función de las personas que hay dentro. Porque los amigos que se hacen allí dibujan un atajo cuando no se encuentra, durante todas esas horas, el camino de vuelta a una misma: “Podemos sentir que nos alejamos de nosotras cuando casi toda nuestra energía está dedicada a trabajar. Nos desconectamos para seguir funcionando y dejamos de tener espacio para preguntarnos qué necesitamos o qué nos hace sentir vivas. Eso nos hace ir entrando en un estado de despersonalización al haber pasado demasiado tiempo funcionando automáticamente”, argumenta Mar Ricart.
En la serie Severance (Dan Erickson), una distopía en la que los trabajadores acceden a anular todos los recuerdos de su vida del exterior mientras están en la oficina y viceversa ―es decir, que también olvidan su situación personal cuando están dentro del trabajo―, los pasillos, las luces y las salas están diseñadas para ser no lugares y reforzar esta disociación con respecto a las emociones y los valores propios. Y es solo a raíz de las relaciones genuinas que se forjan entre los compañeros de equipo cuando comienzan a darse cuenta de que tienen que salir de ahí. Es en el momento en el que comienzan a desarrollarse afectos reales entre ellos cuando despiertan de su letargo, vuelven a conectar consigo mismos y deciden defenderse mutuamente: “Creo que las amigas y amigos, ya sea de la oficina o de cualquier sitio, funcionan como una red de sostén y, a veces, incluso son un ancla que te ayuda a seguir siendo tú en un entorno que te exige que estés dando siempre el cien por cien”, confirma Mar Ricart.
De hecho, estas alianzas siempre han sido indispensables. Ahora, por la exigencia, la ansiedad, la precariedad y la tarea de asumir la imposibilidad de dibujar los contornos de un proyecto de vida, pero hace décadas se necesitaban para sobrellevar la dureza del ambiente: “Nuestras abuelas o nuestras madres tuvieron que desenvolverse en contextos muy hombrista con condiciones laborales mucho peores porque, aunque nos quejemos ―y con razón―, hemos ganado en derechos laborales. En ese contexto, la mirada cómplice era tan importante como ahora”, defiende Beatriz Serrano.
A pesar de las horas pegadas a la pantalla, de la insatisfacción, del cansancio y de la incertidumbre, las amigas del trabajo son el mecanismo de defensa que logra que la esencia de una misma no se emborrone gracias al sonido de la risa cómplice, a miradas que se cruzan para confirmar que ambas han visto lo mismo, a los abrazos en los días tristes en los que el trabajo es lo de menos. También, como se representaba en Nine to five, son personas por las que luchar para conquistar un futuro y un presente que se guía más por el compañerismo y la empatía que por la competitividad y el individualismo. Un recordatorio de que, incluso en entornos más grises, existen los golpes de suerte. Y muchas veces vienen en forma de alguien que aparta la vista del ordenador, gira su silla o alarga el cuello para mirarte, te sonríe y de pronto todo está bien.
