Un ex policía de 70 años mata a su pareja y se suicida
¿Qué control psicológico hay que pasar para seguir teniendo un arma en casa a los 70 años? La pregunta recorre el caso de un ex policía de 70 años que mató a su pareja, Raquel, de 58 años, tras ocho horas atrincheirado sin que los negociadores ni los GEOS lograran evitarlo, y después acabó con su propia vida. Llevaban doce años juntos. La relación, según el entorno de la víctima, llevaba tres años rota.
Qué pasó y qué se sabe hasta ahora
Durante ocho horas el hombre permaneció atrincheirado con Raquel mientras los negociadores intentaban sin éxito desactivar la situación. El desenlace fue el peor posible: la mató y se quitó la vida. La mujer tenía 58 años y dos hijos de una relación anterior. El hombre tenía 70, había ejercido como policía y contaba con una pensión de funcionario que, en la conversación que ha generado el caso, se ha convertido en el eje de los agravios esgrimidos por quienes buscan una explicación alternativa a la más simple.
¿Por qué un ex policía de 70 años conservaba el arma?
En el debate se pregunta qué control psicológico se pasa para renovar la licencia de armas, un trámite periódico que incluye un examen psicotécnico y que, según quienes lo cuestionan, se resuelve con una firma sin revisar de fondo el estado del solicitante. Un forero que dice venir de una familia con tres generaciones de militares cuenta que en su casa todos entregaron sus armas al jubilarse, y el contraste alimenta la sospecha de que el control real brilla por su ausencia.
Doce años entre cámaras y celos
Las amigas de la víctima describieron una convivencia marcada por el control: una casa llena de cámaras y la pretensión de que no saliera con ellas. Ella discutía y salía igual. Ese es el material que sostiene la lectura más incómoda, la de un hombre incapaz de aceptar que su pareja hiciera su vida sin él. La coincidencia con el
divorcio en marcha refuerza esa hipótesis: mejor muerta que libre.
Los relatos que chocan
El caso ha reabierto el choque habitual. Una corriente defiende que la violencia no tiene género y que existen supuestos en los que la agresión física del hombre responde a años de supuesta violencia psicológica previa; es una tesis que no cuenta con respaldo en los datos y que, sobre el terreno, sirve más para repartir culpas que para explicar nada. Enfrente, otra lectura insiste en que el goteo de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas es persistente y que tratarlos como episodios aislados es la manera más eficaz de no tocarlos. Entre medias asoma un tercer argumento, el de quienes culpan a la ley de divorcio y a las pensiones de un resentimiento económico que, dicen, empuja a algunos hombres al límite.
El goteo que no cesa
Las cifras que se citan en el debate son tozudas. Un participante sostiene que durante años se registraron alrededor de cincuenta asesinatos al año, una cifra que apenas se movió pese al gasto público destinado a combatirla, y que los últimos ejercicios apuntan a que podría escalar hacia los sesenta o setenta. Cada repunte reabre el debate sobre si el problema es de recursos, de mentalidad o de ambas cosas a la vez, sin que ninguna respuesta se imponga.
¿De qué sirve entonces el examen psicotécnico, la firma y la patada hacia delante? En este caso, dos personas más engrosan la cuenta y nadie ha explicado todavía qué evaluó exactamente el psicólogo.