Alvise celebra los tres escaños con el Pequeño Nicolás en Kapital
Un reservado de la discoteca Kapital, en Madrid, botellas sobre la mesa y móviles en alto. En una foto difundida por redes sociales aparece Alvise, líder de
Se Acabó La Fiesta, celebrando con el Pequeño Nicolás los tres escaños obtenidos. La imagen ha corrido más que cualquier nota de prensa y, con ella, la cifra que nadie suelta:
500.000 euros al año por tres escaños durante cinco años, 7,5 millones de euros. El episodio se sitúa en la resaca de las
elecciones europeas, entre la noche del escrutinio y las horas siguientes.
De dónde sale la cifra de 7,5 millones
El cálculo es sencillo y por eso incomoda.
Medio millón de euros anuales por cada escaño multiplicado por tres escaños y por cinco años de legislatura da esos 7,5 millones. Da igual que el desglose real mezcle retribución, dietas y estructura de grupo: lo que queda grabado es la cifra redonda. Y esa cifra la paga el contribuyente, no Bruselas por generosidad.
Con ese dinero sobre la mesa, la discusión se parte en dos. Hay quien sostiene que el problema no es lo que haga Alvise en su tiempo libre, sino que exista un cargo electo que cobre eso. Y hay quien replica que la retribución es idéntica para cualquier eurodiputado y que nadie montó una fiesta por los demás. Las dos cosas son verdad a la vez, que es lo verdaderamente incómodo del asunto.
La promesa del sueldo, lo único cumplido
En el primer día tras el escrutinio, la única promesa verificable que se le concede a Alvise es la de no cobrar el sueldo del escaño. Incluso desde la crítica más dura se admite ese punto. La objeción que llega desde otro lado es más fina: renunciar a la nómina no es renunciar al cargo ni, sobre todo, a las dietas, y un gesto no desmonta una estructura. Nadie ha enseñado todavía el papel que zanje si el resto del paquete se toca o se deja intacto.
¿Es el Pequeño Nicolás un agente del CNI?
Aquí es donde el asunto se despeña. Una parte del análisis sostiene que el acompañante de reservado es en realidad un enlace de los servicios de información; otra descarta la hipótesis y la sitúa en el terreno de la conspiración, sin un solo documento que la respalde. Lo acreditado es lo mínimo: que coincidieron y que existe una foto. Que eso demuestre algo más es otra cosa. También circula la lectura amable, y es la más plausible a estas alturas: en la noche madrileña uno se cruza con famosos de todo tipo, y basta un selfie para fabricar un escándalo de dimensiones nacionales.
Sobre esa foto se ha construido además una trama entera de supuestos vínculos familiares y confabulaciones que cambian de protagonista según el día. Ninguna de esas versiones ha aportado una prueba. Es el patrón conocido: cuando no hay documento, se recurre al rumor.
«Se acabó la fiesta, ahora empieza la nuestra»
La frase, atribuida a Alvise en esa misma noche, resume el envite. Para unos es el pistoletazo de salida de algo nuevo; para otros, el instante exacto en que se cae la careta.
Cerca de 800.000 votos después, quien prometía acabar con la fiesta celebra la suya. La división no es tanto entre izquierda y derecha como entre quien exige contrapartidas al que votó y quien defiende al recién llegado por el simple hecho de no ser los de siempre.
En televisión el asunto se ha tratado con dureza, según se recoge en el propio seguimiento del caso, y ese detalle también pesa: parte del público entiende el ataque mediático como confirmación de que algo molesta. Es el razonamiento circular de siempre, y funciona en las dos direcciones.
Tres escaños dan para lo que dan
Con tres escaños en la Eurocámara, la capacidad de cambio tiene un techo evidente. Se puede incomodar, se pueden tejer alianzas con otros grupos y se puede dar guerra en los plenos, pero desmontar una estructura administrativa con puertas giratorias y miles de empleados públicos es otra liga.
El problema estructural es anterior y posterior a cualquier escaño.
El escenario optimista asume que la presencia sirve para visibilizar y presionar desde dentro de las instituciones europeas. El pesimista da por hecho que, antes de mover nada de verdad, al recién llegado lo diluyen, lo compran o lo desgastan a base de sumarios y portadas.
Al día siguiente de la fiesta, la única promesa comprobada seguía siendo no cobrar la nómina. El resto, incluida la acusación de agente, continúa sin un solo documento encima de la mesa. La foto, en cambio, ya la ha visto todo el mundo.