Almodóvar, dos Óscar y un mito que sigue sin cerrarse
Pedro Almodóvar es el cineasta español más reconocido de la historia. Eso no lo discute ni su crítica más feroz. Lo que sí se discute es si ese reconocimiento mide talento o mide otra cosa.
Una relectura completa de su filmografía, película a película, acaba de reabrir una herida que parecía cerrada. El resultado: pocos directores con un palmarés tan abultado concentran tantas suspensiones entre su propio público.
El palmarés no se discute; la obra, sí
Los datos oficiales son incómodos para el detractor. Dos Óscar, tres BAFTA, dos Globos de Oro, tres César, cuatro premios del cine europeo y seis Goyas competitivos. Sumen León de Oro en Venecia por La habitación de al lado, en 2024, y la Palma de Oro al mejor director y mejor guion en Cannes. Es un currículum que no admite lecturas menores.
Pero cuando el análisis baja de las alfombras rojas a las películas concretas, el consenso se rompe. En la relectura aparecen títulos con notas discretas: Tacones lejanos, un 5; La flor de mi secreto, otro 5; Kika, un 4. Frente a Carne trémula, que sube a un 7, o La ley del deseo y Átame, con un 6. La distancia entre el catálogo de trofeos y la evaluación individual es enorme. Nadie explica del todo esa brecha.
Las dos corrientes irreconciliables
Una corriente sostiene que Almodóvar tiene un puñado de obras maestras –Volver, Todo sobre mi progenitora, La piel que habito, Hable con ella– y el resto son ejercicios fallidos o directamente pastiches. La otra va más lejos: el cineasta sería un producto del relato cultural de la Transición, encumbrado por razones ideológicas antes que estéticas. En medio queda una posición más matizada: estilo propio innegable, guiones endebles y una deriva hacia el exceso que sus propios admiradores reconocen.
Hay incluso quien añade un contrafactual: con la censura que él combatió, su obra habría ganado en contención. Es una provocación, pero obliga a separar al personaje público del creador. Algo que en esta relectura casi nadie consigue.
El factor humano que contamina el veredicto
Aquí está el problema de fondo: Almodóvar no genera indiferencia. Su activismo, sus apariciones públicas y su cercanía al poder político aparecen en casi todas las críticas, tanto para alabarlo como para condenarlo. El juicio estético se contamina de simpatías y fobias personales. Y el resultado es que cada película se ve con un filtro previo.
La filmografía tampoco ayuda. Las primeras obras de los ochenta, con su estética chabacana deliberada, se ven hoy como documento de una época; las de los noventa, como intentos de encajar un estilo que no terminaba de encontrar su forma. Los que reivindican al director de Carne trémula no son los mismos que defienden la etapa de Kika. Es un corpus desigual, y eso alimenta el desacuerdo.
- Dos Óscar y un León de Oro (2024) conviven con notas como el 4 de Kika.
- Volver y Todo sobre mi progenitora concentran buena parte del consenso crítico.
- El único punto de acuerdo: el estilo visual no tiene equivalente en España.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que el caso Almodóvar seguirá abierto mientras siga estrenando. Si la historia del cine español se escribe con datos, ocupará un capítulo entero. Si se escribe con guiones, el capítulo será más corto de lo que su palmarés sugiere. Que cada cual elija su vara de medir.