El nihilismo se disfraza de meme y de antinatalismo
Nadie quiere la etiqueta. El nihilismo se ha convertido en una palabra que casi nadie reivindica en primera persona, aunque buena parte de la conversación pública sobre el sentido de la vida acabe sonando exactamente a eso. En el último intercambio de mensajes sobre el asunto, quince respuestas en un solo día bastaron para dibujar el patrón: la etiqueta se rechaza, la actitud se practica.
Por qué casi nadie se declara nihilista
Hay una razón práctica: la palabra arrastra mala fama. Quien reduce el sentido de la vida a «un meme» no se llama nihilista. Quien sostiene que el sufrimiento tiene valor negativo y que traer gente al mundo es discutible se llama antinatalista y aclara que confundir ambas cosas es cosa de profanos. La etiqueta funciona más como insulto que como identidad.
Otra corriente presume de lo contrario: asume el nihilismo como modo de vida y lo empareja con el anarcoindividualismo. Un tercer participante se declara, con sorna, «proteico-copto» y sentencia que vivir cada día como si fuera el último acaba siendo cierto. El mensaje más desconcertante no fue filosófico: ante la pregunta de cuántos gramos consume al día, la respuesta fue «4,8 litros a los 100, soy híbrido».
El dolor físico como árbitro del valor
El envite más duro propone un experimento con el dolor como piedra de toque: si nada tiene valor intrínseco, el sufrimiento se encarga de desmentirlo. Es retórica, no teología, pero ayuda a entender por qué el nihilismo declarado escasea tanto.
Con estos mimbres, la etiqueta seguirá sin dueño. Mi apuesta, con reservas: dentro de un año habrá más gente describiendo el vacío y bastante menos llamándose nihilista.