Lo que se siente al chutarse caballo: euforia divina y caída al infierno
«Durante el colocón te sientes un puto dios; cuando se pasa, te sientes escoria». La descripción, cruda y sin filtro, resume la experiencia de quien ha probado la heroína: un pico de placer absoluto seguido de un vacío que solo se llena con otra dosis. Quienes lo han vivido hablan de una sensación de omnipotencia y conexión con el mundo, pero el precio es una dependencia que lo devora todo.
La literatura ya lo retrató. En 1931, Pierre Drieu la Rochelle publicó
El fuego fatuo, novela basada en la vida del poeta surrealista Jacques Rigaut, que se suicidó en 1929 a los 30 años. El texto describe la adicción con precisión escalofriante: «Regularidad obligatoria, cadencia continua, aumento de las dosis. Empezó a tener miedo». La heroína, como un agente que termina poseyendo a la persona.
Pero no todos caen. Algunos aseguran haber conocido a consumidores que lograron no engancharse. «Lo probó y no se enganchó», cuenta un testimonio, aunque reconocen que no es lo habitual. La heroína fumada, como alternativa a la inyectada, se presenta como una modalidad que algunos consideran «controlada», pero los relatos de quienes han vivido en narcopisos la describen como «el demonio».
La paradoja está servida: el éxtasis máximo, al alcance de una jeringuilla, y la ruina personal como destino más probable. A 115 años del primer uso recreativo, la heroína sigue siendo la droga que divide las aguas entre el placer y la autodestrucción.