El espía del CNI que nadie mira dos veces: ni traje ni martini
¿Cómo es un espía del CNI? La pregunta arranca de una fotografía y un nombre: David R. Vidal, presentado en el hilo como persona que trabajó para el Centro Nacional de Inteligencia, aparece en la imagen con el aspecto menos cinematográfico posible —calvo, barrigón, ropa de diario—. Un comentario del hilo le calcula
entre 30 y 60 años. Ninguna fuente oficial ha confirmado el vínculo, y la lectura más prudente es que trabajar para el CNI no es lo mismo que ser del CNI. Aun así, la imagen ha servido para algo más útil que el cotilleo: poner en negro sobre blanco el perfil real de un agente.
¿Cómo es un espía del CNI en la vida real?
Anodino. Esa es la palabra. El retrato que emerge coincide punto por punto con el hombre de la foto: gente promedio, sin rasgos que destaquen, ni físico de atleta ni altura llamativa.
Lo primordial es pasar desapercibido, resume un forero citando a alguien que sabía de servicios secretos. La lógica es aplastante: si el oficio consiste en obtener información sin levantar sospechas, un tipo memorable es un tipo inútil.
Hollywood os tiene el cerebro completamente absorbido, sentencia otro, resumiendo el cabreo general con el arquetipo del agente guapo.
Hay dos clases de agentes, según quien asegura haber tenido trato con ellos. Un perfil técnico: negociadores, buenos psicólogos, flojos de físico, especializados en mover maletines y entregarlos a la persona adecuada en el extranjero. Y otro con preparación física aceptable, inteligencia alta y apariencia vulgarísima. En ambos casos, lo mismo: saber de armas, de informática y de personas.
Qué se sabe del hombre de la foto
Poco, y conviene decirlo así. El nombre circula acompañado de una entrada en una enciclopedia digital, sin que ninguna instancia oficial confirme su adscripción al CNI. La formulación más prudente que aparece es la de quien trabajó o colaboró para el servicio, figura intermedia que abarca desde el agente con placa hasta el informador puntual o el testaferro.
La red de información es inmensa, y buena parte de ella no tiene carné ni nómina: son contactos, fuentes pagadas o colaboradores ocasionales que jamás pisaron una sede.
Esa ambigüedad es justo lo que hace imposible verificar nada. Un agente no lleva uniforme. No se le puede fotografiar en el ejercicio del cargo. Y si la única prueba es una imagen suya empuñando un fusil, el foco se desplaza de inmediato a otro terreno: el de la técnica.
El dedo fuera del gatillo: las señales que delatan
Los detalles más comentados no son estéticos, sino técnicos. El dedo índice apoyado por encima del guardamanos, no sobre el gatillo, es la marca de quien ha recibido instrucción.
El dedito lejos de donde hace pum pum, se explica: si no hay intención de abrir fuego, el dedo no se acerca al disparador, porque los accidentes existen y luego vienen los disgustos. Quien sostiene un arma de juguete con el dedo en el gatillo es que no ha pasado por un curso serio.
No es un detalle menor. La pugna sobre el aspecto físico se resuelve con sociología de barra, pero la empuñadura es verificable. Y una foto con un arma de asalto en posición reglamentaria dice más que cualquier currículum filtrado.
Francisco Paesa, el exespía testaferro que murió en mayo
El asunto tiene precedentes ilustres. Francisco Paesa, el exespía que en los años 90 colaboró en la fuga de Luis Roldán, exdirector de la Guardia Civil,
falleció el 3 de mayo a las afueras de París, donde residía desde hacía décadas, según confirmó el registro civil a la agencia EFE. Paesa es el manual completo del oficio: tipo discreto, relaciones internacionales, testaferro de una fortuna pública esquilmada y una biografía tan opaca que su propio fallecimiento se recibió con un
¿será verdad esta vez?. Ese es el estándar español, y no se parece en nada a un anuncio de perfume.
Irak 2003: ocho agentes y media hora de resistencia
Si alguien quiere saber de qué va esto de verdad, hay un episodio que no admite parodia. Según el relato difundido en el hilo, ocho agentes del CNI fueron emboscados y asesinados en Irak en 2003 por atacantes armados. El único superviviente relató que resistieron
entre 20 y 30 minutos con armas cortas contra fusiles AK47, lanzagranadas y fuego desde varias posiciones. Media hora con pistola frente a un dispositivo de asalto. Es el reverso exacto del mito: ni seducción, ni gadgets, ni cócteles.
«Licencia para paquear»: el espía como chiste
El otro gran bloque es el humor. Los títulos de la saga reescritos son un género en sí:
Licencia para paquear,
El paco que me amó,
Bar Paco Royale,
OctoPaco,
Operación Paco,
Desde Parla con Amor. Y la propuesta, aparentemente seria, de fichar a Francisco Rivera como espía seductor cierra el círculo: si el físico da igual, cualquier vecino sirve de tapadera.
Ahí está el resumen. Un servicio de inteligencia que funciona con oficinistas anodinos, técnicos con mala planta y colaboradores sin contrato no necesita guapos; necesita invisibles. Lo cual convierte cualquier bar de barrio en territorio comanche. La próxima vez que alguien mire dos veces al calvo que se toma un orujo en la barra, lo más probable es que solo sea un calvo tomándose un orujo.