La Bola de Cristal cumple 40 años entre quienes la ven y quienes la niegan
La Bola de Cristal la vio toda una generación. Y casi nadie la vio. Las dos frases conviven en el mismo relato sobre el programa que RTVE emitió los sábados por la mañana durante los ochenta y que la cadena pública festeja ahora con un monográfico sobre su directora, Lolo Rico, y la reemisión de sus mejores entregas. Para unos, aquello era un tostón de marionetas y adultos disfrazados. Para otros, uno de los pocos formatos que no trataba a los críos como imbéciles profundos. La trifulca no va de televisión. Va de quién se queda con la memoria de una década entera.
¿Qué era La Bola de Cristal y por qué se emitía en sábado?
El espacio ocupaba la franja matinal del sábado, cuando media España infantil estaba en la calle, dormía sin colegio o jugaba al fútbol con los amigos del barrio. Ahí arranca el primer malentendido del asunto: no había competencia posible. Solo existían dos canales, como recuerdan varios participantes, así que quien no ponía La Bola de Cristal ponía otra cosa igual de limitada, o apagaba el aparato. Comparar aquella audiencia con el mercado fragmentado de hoy no tiene ningún sentido metodológico.
El formato mezclaba secciones, música, marionetas y series compradas. La Bruja Avería y los Electroduendes son los personajes que más se citan, casi siempre los mismos dos. Una parte de los críos se enganchaba a las series que el programa servía entre sketch y sketch:
La Familia Monster,
Embrujada, producción en blanco y negro que muchos descubrieron justo ahí. Otra parte, sencillamente, cambiaba de canal.
¿Era un programa para niños o para preadolescentes?
El desajuste de edad explica buena parte de las respuestas. Hay quien tenía ocho o nueve años y se quedó fuera del objetivo; hay quien tenía cuatro o cinco y no entendía nada de lo que pasaba en pantalla. El formato apuntaba a un público algo mayor, no a quien solo quería ver dibujos a las nueve de la mañana y se topaba con teatro, música en directo y muñecos.
Ese choque de expectativas es el núcleo económico del asunto: la parrilla de la época no estaba diseñada para segmentar audiencias, sino para llenar una franja con un único producto. Quien no encajaba en el molde no tenía alternativa. Hoy eso es impensable y entonces era la única oferta disponible.
El frenazo de 1987 en RTVE y la polémica sobre la censura
El contenido político del programa está en el centro de la discusión. Con la llegada de Pilar Miró a la dirección de RTVE en 1987, buena parte de la carga de crítica política y social de secciones como Los Electroduendes se tuvo que parar, según el relato que recoge la ficha del programa. Hay quien lee ese frenazo como censura pura; hay quien lo interpreta como el final natural de un formato que su público había dejado atrás. Las dos versiones siguen circulando sin árbitro que las zanje.
Una de las secciones más recordadas, el Ministerio de misiles y humanidades, se lee hoy con retintín como una profecía involuntaria. Que el humor envejezca mejor o peor que un sketch de actualidad es otra cosa. El programa duró un tramo corto y su huella supera con holgura su emisión real, lo que dice más del ecosistema audiovisual de la época que de su calidad.
¿Fue La Bola de Cristal un programa de adoctrinamiento?
La acusación aparece una y otra vez, casi siempre con la misma forma: contenido político explícito servido a un público que no podía filtrarlo. Se cita incluso a algunos de sus guionistas, que habrían reconocido el propósito en entrevistas publicadas en medios como Público. La defensa es igual de tajante: quien veía La Bola de Cristal también veía los toros con su abuelo, y eso no convirtió a nadie en nada concreto.
La capacidad de la televisión para moldear una ideología se sobrevalora en las dos direcciones. Un crío absorbe la parrilla entera, con sus series, sus anuncios y sus silencios, y el sesgo no lo pone solo el sketch de turno. Cuarenta años después, la etiqueta política sigue funcionando mejor como arma arrojadiza que como diagnóstico.
De la guerra VHS contra Beta al primer videoclub español
La conversación deriva, en algún punto, hacia la tecnología doméstica, y ahí aparece un episodio económico de manual. El formato Beta se puso a la venta en 1975 y llegó a algunos salones antes que el VHS. Quien tuvo uno presume de haber comprado mejor; quien tuvo el otro le recuerda que no podía intercambiar cintas con nadie. La guerra de formatos la ganó el VHS, y esa derrota se sigue discutiendo hoy con el mismo entusiasmo.
Los datos que se manejan sitúan el primer videoclub de España en 1980, en Barcelona. En Vizcaya, durante un tiempo, solo había uno, en unos grandes almacenes de Bilbao. En 1981 algunas casas ya grababan de la tele: entre las cintas conservadas está la del 23-F, aunque no en directo —es de días después y sin logotipo de cadena, lo que la sitúa antes de 1982—. Hubo quien tenía dos aparatos a finales de la década para copiar películas quitándoles la publicidad.
Cajón Desastre, Planeta Imaginario y el negocio de la nostalgia
El relevo llegó con Cajón Desastre, que sí programaba dibujos animados y series en color, y con Planeta Imaginario, defendido como producto cultural de alto nivel. El retraso con que aterrizaban aquí las series infantiles extranjeras lo explica casi todo:
Jem y The Holograms, de 1985, no se vio en España hasta 1990, y otros títulos tardaron todavía más. Por eso la nostalgia se cuelga de cuatro o cinco series y no de veinte.
Con La Bola de Cristal de nuevo en la programación pública y su aniversario como excusa, la memoria de los ochenta volverá a reformatearse cada cierto tiempo. Es probable que una mitad siga negando haberla visto. Y es probable que la otra siga recordando, en realidad, las series que ponían entre medias.