Dejar de fumar: la nicotina se apaga en días, el hábito tarda años
Dejar de fumar no depende de la fuerza de voluntad. O no solo de ella. La fórmula, repetida como un dogma en cualquier conversación sobre el tabaco, se agrieta en cuanto se revisan los relatos de quienes lo han conseguido: hay quien lo dejó tras
30 años con tres cajetillas diarias, hay quien necesitó una semana de hospital, un libro o un vapeador, y hay quien lo intentó varias veces y volvió a caer. El método importa menos que el detonante. Y el detonante, casi nunca, es la épica.
¿Cuánto dura el mono del tabaco?
El mono físico se concentra en la primera semana; el psicológico se arrastra durante meses o años. Los testimonios recogidos coinciden en ese reparto: la abstinencia aguda es dura pero breve, y lo verdaderamente peligroso llega después, cuando el cuerpo ya no pide nicotina y es la rutina la que reclama el cigarro. El café de media tarde, la cerveza, la sobremesa, el aburrimiento, la llamada de teléfono. «El cigarro estaba asociado a todo», resume uno de los relatos: estrés, placer, cafeína y cualquier hueco libre de la agenda.
De ahí que tantos abandonos se rompan en la tercera semana. El cuerpo ha hecho su trabajo; las costumbres siguen intactas. Hay quien sostiene que basta con saberlo de antemano para blindarse, y hay quien directamente propone cambiar de vida durante un tiempo: menos bar, menos terraza, menos corrillo de fumadores. Quien avisa de que el mono del hábito es el jefe y no el subordinado suele acertar.
Vapear: dejar el cigarro sin dejar la nicotina
El vapeo aparece en los relatos como la vía menos épica y más exitosa. Un fumador de casi dos cajetillas diarias de Camel empezó a vapear líquidos con nicotina a principios de
2014; fue bajando la concentración hasta quedarse en cero y, dos o tres meses después, dejó también el vapeador sin haber pasado por el mono clásico. Otro acumula
siete años y medio sin cigarrillo desde noviembre de 2014.
El matiz lo pone quien ya está dentro: el líquido también engancha. «Creo que me he pasado con la nicotina», admite alguien que lleva dos semanas sin probar el cigarrillo y nota cómo la ropa ha dejado de oler a ceniza. La recomendación que circula es bajar la dosis en cada recarga, no dejarla fija. Y conviven con esa vía quienes advierten de que no hay consenso: hay quien sostiene que puede ser tan malo o más que el tabaco.
El libro que unos juran y otros detestan
Hay un superventas que se ha convertido en el método más citado y, a la vez, el más discutido. Un lector lo describe como el hallazgo de su vida: después de tres o cuatro intentos fallidos de una o dos semanas, leyó el libro dos veces —la primera no le funcionó, la segunda sí—, tiró a la basura un paquete de Marlboro con
18 cigarrillos y lleva 18 años sin fumar.
No todos lo compran. Hay quien lo califica de estafa editorial de veinte capítulos de relleno cuyo secreto final se reduce a no agobiarse y alegrarse por librarse de la esclavitud. Y hay quien, tras dejarlo con su ayuda, atribuye el mérito al libro cuando estaba en otra parte. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez: el método funciona en algunos y les sirve de coartada mental.
Operarse, enfermar o asustarse: los detonantes que sí funcionan
Ninguna campaña iguala a un quirófano. Un fumador de 30 años y una cajetilla diaria dejó el tabaco porque lo operaron de una perforación de estómago y le advirtieron de que la cicatrización iría peor. Al llegar a casa no encendió el cigarro: la certeza de que le sentaría mal hizo el resto. Otro caso: un mes ingresado por intervenciones derivadas de un cáncer de uréter, más la presión de esposa e hijos, bastaron para concienciarse.
El ajuste de cuentas con el riesgo es otra cosa.
Se sostiene que el organismo tarda alrededor de
18 años en igualar la probabilidad de cáncer de un no fumador, porque los pulmones se limpian de forma activa. Y también aparece el reverso amargo: un urólogo que, tras la charla antitabaco, admitió a un paciente que la probabilidad de recidiva seguía en el
80% aunque dejara de fumar. Entre esos dos datos se mueve la decisión de muchos.
Pipas de girasol, parches y pastillas: la industria del sustitutivo
Cuando la voluntad no basta, se prueba de todo. Parches de nicotina, chicles, spray, hipnosis y algún fármaco recetado que se menciona por ser más barato que las alternativas. También se alude a un tratamiento con triptófano bajo la hipótesis de que eleva la serotonina y apaga la adicción, y se repite, sin más respaldo que el testimonio de un forero, que un medicamento para dejar de fumar fue retirado por su perfil cancerígeno. Cualquier cosa antes que la cajetilla.
El sustitutivo más repetido no es un fármaco. Es un paquete de pipas de girasol sin sal y con cáscara: un fumador compulsivo de tres cajetillas diarias durante 30 años, que lo había intentado todo sin éxito, descubrió que podía pasar 18 horas masticando pipas sin llenarse ni perder el apetito.
El ahorro, el peso y la letra pequeña
La cuenta de resultados tiene dos columnas. En la de ingresos, el dinero que se queda en el bolsillo: con lo ahorrado hay quien se paga las vacaciones. En la de gastos, el cuerpo:
diez kilos de más en el caso de quien cambió el cigarro por la nevera, y una temporada de resfriados seguidos tras dejarlo, en el relato de uno de los participantes.
Nada de esto cierra el asunto. Los intentos se cuentan por intentos, las recaídas aparecen en varios de los relatos y hasta quien lleva una década sin dar una calada admite que de vez en cuando se le cruza la idea.