Oques Grasses: el grupo catalán que no suena en las listas pero vive del presupuesto
Hay grupos que llenan estadios y grupos que llenan auditorios pagados con dinero público. Oques Grasses pertenece a la segunda categoría. La discusión arranca con una pregunta directa: ¿alguien puede explicar por qué este grupo catalán, que no aparece en ninguna lista de éxitos, es tratado como fenómeno de masas? La respuesta que se abre paso en los comentarios no tiene nada que ver con la música.
El circuito paralelo de la música subvencionada
El primer argumento que aparece es el de la
subvención. Se sostiene que formaciones como Oques Grasses, Amics de les Arts o Manel funcionan dentro de un ecosistema cerrado donde el éxito no se mide en discos vendidos ni en entradas agotadas, sino en presupuesto público asignado. El circuito incluye televisiones autonómicas, festivales municipales y programaciones culturales financiadas por administraciones. El resultado es un grupo de culto con audiencia reducida pero con capacidad de girar por todo el territorio.
La comparación que se lanza es con el rock radical vasco: un fenómeno musical con proyección pública sostenido durante décadas con dinero de todos los contribuyentes, incluidos los que nunca han escuchado una canción de esos grupos. La diferencia, apuntan algunos, es que el rock vasco al menos tenía un discurso de confrontación. Aquí el discurso es más amable:
soja boys, lo llaman.
La pregunta que nadie responde: ¿quién paga y por qué
El segundo eje del debate es la identidad del público. Se describe a los asistentes a estos conciertos como un grupo social concreto: personas que buscan un espacio cultural donde no haya que compartir cartel con según qué públicos. La música en catalán funcionaría, desde esta lectura, como filtro de entrada. No es una cuestión de calidad musical, sino de control del aforo.
Hay quien lleva la discusión al terreno de la financiación autonómica. La idea que se repite es que estos grupos existen porque alguien decide que deben existir, y ese alguien maneja presupuesto público. El dato que se maneja es simple: sin subvención, el circuito se desmonta. Con subvención, el grupo sigue girando aunque no llene.
El negocio de la cultura subvencionada
La estructura económica es la misma que en otros sectores culturales: una administración que compra programación, un promotor que cobra por montar el evento y un grupo que factura por actuación. El público paga una entrada simbólica o no paga nada. La diferencia con el mercado libre es que aquí no hay riesgo empresarial: si el grupo no vende, el presupuesto lo cubre igual.
El cálculo que subyace es incómodo. Si un grupo necesita subvención para existir, ¿está creando cultura o administrando una partida? La respuesta depende de a quién se pregunte. Los defensores del sistema argumentan que la cultura en lenguas minoritarias no puede competir en el mercado sin ayuda. Los críticos responden que eso convierte al contribuyente en mecenas obligatorio de gustos ajenos.
El dato que descoloca no es cuánto se subvenciona, sino que nadie en la discusión ha sido capaz de citar una sola canción del grupo.