Salarios planos durante 30 años: el modelo español que castiga trabajar
La semana pasada, el empresario Martín Varsavsky lanzaba un mensaje que ha hecho correr ríos de tinta: «Treinta años de salarios reales estancados no es mala suerte. Es un modelo que castiga trabajar, invertir y formar familias». La afirmación no es nueva, pero el dato que la sustenta sí: desde finales de los años 90, el poder adquisitivo del trabajador medio español apenas se ha movido. Un empleado que en 1999 rozaba los 1.000 euros mensuales con su primer trabajo serio, hoy sigue viendo cómo los sueldos más comunes se acercan al salario mínimo. La pregunta es incómoda: ¿quién se beneficia de que esto siga así?
El estancamiento en cifras: de las pesetas al euro
Los datos aportados por trabajadores de distintos sectores dibujan una fotografía desoladora. En 1989, un operario de una empresa asturiana cobraba 162.500 pesetas al mes, un sueldo que entonces se consideraba normal. En 1996, un joven de 22 años entraba en una cadena de grandes almacenes con 90.000 pesetas (unos 540 euros). En 1999, con la llegada del euro, un primer empleo podía rondar los 1.000 euros. Veinticinco años después, esos mismos perfiles siguen anclados en cifras similares, cuando no inferiores en términos reales. Un caso revelador: un trabajador que en diez años pasó de 30.669 a 28.692 euros netos anuales, es decir, perdió poder adquisitivo sin cambiar de puesto.
Causas estructurales: productividad y tamaño empresarial
Los análisis económicos apuntan a tres factores que explican este estancamiento. Primero, un modelo productivo basado en sectores de medio y bajo valor añadido; incluso la automoción, la locomotora industrial, carece de marcas propias de primer nivel. Segundo, el tamaño medio de las empresas: España es un país de pymes, con una media de diez empleados por compañía, y las empresas grandes pagan mejor. Tercero, la productividad, que se sitúa en niveles muy inferiores a los de los países nórdicos o Suiza. Sin aumentos de productividad, no hay subidas salariales sostenibles.
El euro y la vivienda: la doble trampa
La entrada en el euro en 2002, con los trucos contables de rigor para cumplir los criterios de convergencia, marcó un antes y un después. Desde entonces, el poder adquisitivo se ha ido erosionando mientras la recaudación fiscal alcanzaba máximos. La vivienda, por su parte, ha jugado un papel clave: tras la burbuja de 2009 y la caída de 2010-2015, los precios han vuelto a dispararse. Hay quien sostiene que la vivienda cara no es solo consecuencia de los salarios bajos, sino también causa: cuando el excedente económico se va a la especulación inmobiliaria, no queda para subir sueldos.
Presión fiscal: el coste de contratar se ha duplicado
Un dato que resume la situación: hace treinta años, un empresario que pagase 1.000 euros a un trabajador desembolsaba unos 1.800 euros en total tras impuestos y cotizaciones. Hoy, para que el empleado reciba 1.200 euros netos, el coste para la empresa supera los 2.700 euros. Esa diferencia no va al trabajador, sino al Estado. La presión fiscal sobre el trabajo ha aumentado de forma notable, lo que desincentiva las subidas salariales y empuja a muchas empresas a mantener los sueldos planos.
Inmigración y oferta laboral: el factor que algunos no quieren ver
Otro de los argumentos que gana peso en el debate es el efecto de la inmigración sobre los salarios. Se argumenta que la llegada constante de trabajadores, muchos de países con niveles de renta inferiores, amplía la oferta laboral y presiona a la baja las retribuciones. Aunque no es el único factor, sí contribuye a que cualquier atisbo de subida se vea compensado por nueva competencia. La pregunta que queda en el aire es por qué no se aplican políticas que equilibren esa balanza.
¿Plan deliberado o el sistema funcionando?
La afirmación de Varsavsky de que «no es mala suerte» sugiere una intencionalidad. Pero hay quien responde que no hace falta un plan maquiavélico: el sistema, tal como está diseñado, transfiere riqueza de los que trabajan a los que especulan. El euro, con su política monetaria única, y la globalización, con su movilidad de capitales y personas, hacen el resto. La conclusión es incómoda: quizá no haya un culpable concreto, sino un modelo que, como dice Varsavsky, castiga trabajar, invertir y formar familias. Y mientras tanto, los salarios siguen planos.