Page, el CNI y el 11-M: «la gran mentira de la democracia»
Una furgoneta cargada de explosivos, procedente de minas asturianas, detenida de camino a Madrid. Esa es la primera pieza que aparece en casi cualquier conversación seria sobre el 11-M, y ha vuelto a la superficie por una frase. Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, ha dejado caer —con los avisos del CNI como telón de fondo— que el asunto podría ser «la gran mentira de la democracia, como la autoría del 11-M». La suelta alguien con cargo, militancia y ambiciones. Y la suelta en plena tensión con Jovenlandia. No es una ocurrencia de sobremesa.
Qué hay detrás del aviso del CNI
El contexto pesa más que el titular. La declaración llega, según el relato que traslada la prensa, después de advertencias del Centro Nacional de Inteligencia al Ejecutivo y tras semanas de rumores sin confirmación oficial. El patrón se repite: cuando un dirigente territorial con perfil propio abre la caja de los truenos, el sistema político entero se revuelve.
Dos lecturas compiten. Una sostiene que Page no improvisa nunca, que mide cada palabra y que la soltó porque quiere forzar a alguien a moverse. La otra, más cínica, ve un movimiento de posicionamiento interno disfrazado de revelación. Pueden ser ciertas a la vez. La frase, además, tiene truco gramatical: no afirma que hubo engaño, dice que podría haberlo. Ese condicional es el paraguas con el que se cubren todos.
El 11-M: lo que sostuvo el Gobierno y lo que se le reprocha
El reproche central no es la autoría. Es el tiempo. Que en las primeras horas se apuntara a ETA encaja en un país con décadas de violencia extremista a la espalda. Lo que no se digiere es que, pasadas 24 horas, el Gobierno de entonces siguiera enrocado en la misma hipótesis, según el análisis más repetido. El CNI, se argumenta, también señaló en esa dirección antes de girar.
De ahí sale la sospecha que estos días vuelve a circular: que el cambio de relato llegó tarde, mal y con los trenes ya destruidos. Se añaden piezas sueltas —los explosivos asturianos, una furgoneta interceptada, siete sospechosos que murieron antes de declarar— y se construye una reconstrucción donde cada detalle sin explicar funciona como prueba de cargo. Ninguna instancia judicial ha respaldado ese armazón. Conviene repetirlo, porque la línea entre exigir transparencia y fabricar certezas es fina.
Jovenlandia, Ceuta y Melilla: el eje incómodo
Aquí el asunto se vuelve áspero. Una parte del análisis conecta los atentados de 2004 con intereses jovenlandés, apoyándose en hipótesis difundidas por antiguos responsables policiales y en dossieres de trazabilidad discutible. Nada de eso ha sido acreditado. Pero el marco importa: España mantiene con su vecino del sur una relación donde se cruzan comercio, pesca, energía, control fronterizo y episodios periódicos de presión migratoria sobre Ceuta y Melilla.
Cuando ese vínculo se tensa, la tentación de revisitar fantasmas crece. Hay quien lee la declaración como el pistoletazo de una operación destinada a preparar a la opinión pública ante revelaciones incómodas. Hay quien ve justo lo contrario: instalar la sospecha sin aportar un solo papel. Y hay una tercera vía, la más socorrida: que todo es teatro para un público dispuesto a aplaudir cualquier cosa con tal de que suene a venganza.
La capa interna: Page, el partido y la sucesión
Ninguna de las hipótesis anteriores explica por qué lo dice él y no otro. Page gobierna una de las comunidades más grandes del país, mantiene un discurso crítico con la dirección federal y lleva tiempo construyendo un perfil propio. Se especula con que su objetivo no sea reabrir el 11-M, sino intoxicarse como alternativa cuando el liderazgo actual se agote. El ruido mediático de los últimos años, sostienen quienes siguen esa línea, apuntaría en la misma dirección.
El cierre incómodo
El detalle que descoloca no está en los titulares, sino en un suceso menor que pasó casi desapercibido: según la información publicada por Libertad Digital, un testigo de la trama del 11-M resultó ileso tras ser tiroteado en un pueblo de Gijón. Que disparen a un testigo no demuestra nada sobre la autoría de los atentados. Pero explica por qué, más de dos décadas después, sigue habiendo gente dispuesta a creer cualquier cosa antes que a la versión oficial.