Alekhine y el ajedrez ario: la mancha que no se borra
Alexander Alekhine es el único campeón del mundo que murió invicto. También es el que intentó clasificar el ajedrez por razas, una mancha que ninguna jugada brillante ha podido borrar. En sus escritos de los años cuarenta, bajo la idea del “ajedrez ario y judío”, describía un estilo de ataque, audaz y artístico, frente a otro defensivo, materialista y especulador. La teoría no resiste el contraste con los hechos: Mijaíl Tal, judío, desmontó con su juego volcánico cualquier encasillamiento.
La lista arbitraria de los estilos
Alekhine colocaba como ejemplos del “estilo ario” a Morphy, Anderssen, Philidor, Chigorin, Pillsbury, Marshall y Capablanca. Quedaban fuera o maltratados los grandes de origen judío, empezando por Emanuel Lasker, a quien acusaba de no haber aportado una sola idea creativa y de limitarse a copiar a Paul Morphy. La ironía es que Lasker había dominado el campeonato mundial durante décadas, y precisamente su carrera contraría el esquema: un pragmatismo que no era ni racial ni cobarde.
El exilio, España y el final
Alekhine no escribió en el vacío. Aristócrata ruso desposeído por la Revolución, se definió como “un ser errante entre dos guerras”. En 1943 enfermó de escarlatina en Francia y acabó en España, donde vivió de torneos de segunda categoría y clases particulares. En 1945, cuando se hicieron públicos supuestos comentarios antisemitas bajo su nombre en el periódico Pariser Zeitung, fue excluido de los torneos de Hastings y Londres. Jugó su último encuentro en febrero de 1946 contra el portugués Francisco Lupi. Lo ganó. Poco después murió, invicto como campeón.
La autoría de esos artículos sigue siendo discutida. Las presiones del régimen nazi, por un lado; las amarguras personales del exilio, por otro. Lo documentado es el daño: una vida dedicada al tablero terminó con el jugador aislado, pendiente de una prohibición que le llegó justo cuando el mundo ajustaba cuentas con el nazismo. Entre tanto, el campeón de los gatos —se dice que tenía al menos diez y que lo acompañaban en los torneos— dejó un legado que no termina de desenredarse: el más grande de su época, y el autor de la página más fea de la historia del ajedrez.